Antonio Gallego Cañamero

CañameroCañamero. Una vida entregada a la creación artística.

Antonio Gallego Cañamero nació el 2 de  junio de 1936 en la casa familiar situada en el número 12 de la calle Tercer Barrial de Don Benito.

Fue el segundo hijo de los ocho que tuvieron Elena Cañamero Calderón y José Gallego Aparicio. Su nacimiento se produciría unos días después de haber fallecido el primogénito.

Cuando Antonio contaba con un mes y medio de vida, estalla la Guerra Civil. Su padre ha de marchar al frente. Su madre y él tendrán que huir del intenso bombardeo del que fue objeto Don Benito, pasando un tiempo en Cabeza del Buey, donde se alojarían en casa de una familia de alfareros.

Al acabar la guerra en 1939 –meses después estallaría la Segunda Guerra Mundial–, habiendo quedado la casa familiar derruida por las bombas, se trasladan al campo, donde su padre empieza a trabajar labrando tierras. Este será su primer contacto cercano con la tierra extremeña. Aquellas imágenes quedarían grabadas para siempre en la mente de aquel niño, quien con el tiempo desarrollaría una mirada contemplativa del territorio, aflorando su criterio estético para la percepción artística del paisaje, el cual de manera decisiva marcará después el cauce expresivo de su obra.

Fue allí, a raíz de un accidente que le provocó la pérdida temporal de la visión, donde a esa temprana edad descubriría la trascendencia de ese órgano sensitivo en su vida ya que, además de significarse como contacto con el mundo exterior, para él la vista sería el instrumento que le permitiría crear. Gracias a los cuidados del oftalmólogo –y conocido humanista– Celestino Vega Mateos recuperaría la vista meses después.

Contando Antonio con cinco años la familia se marcha a vivir a Medellín, donde él comenzaría a asistir al colegio. A su maestro no le pasaron desapercibidas sus habilidades artísticas con el lapicero, por lo que recomendaría a sus padres que se matriculase en la Escuela Elemental de Trabajo de Don Benito, popularmente conocida como Escuela de Artes y Oficios. De este modo regresaría a su pueblo natal con nueve años para ingresar en dicha institución. Tras pasar la prueba de acceso, con mucha ilusión y siempre ávido de aprendizaje iniciaría allí sus estudios. Optaría por la especialidad de dibujo artístico, talla y modelado, impartida por Juan Aparicio Quintana. Otros profesores que él recordaría de aquellos años serían Honorino Buendía Villalba      –profesor de dibujo lineal–, Luis Gómez Requena, Santos Yedro Fernández  y Ángel Valadés Verdú, entre otros.

Con solo doce años pinta sus primeros cuadros al óleo, presentando uno de ellos en un certamen juvenil celebrado en Badajoz, en el cual consigue el primer premio. Este sería el primero de los numerosos reconocimientos que obtendría a lo largo de su carrera. Al ser su vocación muy temprana, ya por entonces tenía claro que era a la creación artística a lo que quería dedicar su vida.  Sin embargo, eran tiempos difíciles y siendo él una persona realista y consciente de las estrecheces económicas por las que atravesaba su familia, en este mismo año de 1948 toma la decisión de comenzar a trabajar. El maestro de taller Juan Aparicio aconsejaba a sus alumnos que no se dedicasen al arte, pues difícilmente podrían sobrevivir. Así optó por aquel oficio que pensó que, de alguna manera, le mantendría más cerca de los pinceles: la pintura industrial y decorativa.

Mientras acudía de noche a las clases de Artes y Oficios trabajaría durante el día en esta profesión, durante algunos años con el maestro pintor José Gallego Sánchez –más conocido como Pepe Sefui– y después comenzaría a trabajar por cuenta propia junto con dos de sus hermanos. No cabe duda de que la faceta decorativa de esta profesión es con la que más disfrutaría, esto es, realizando imitaciones de mármol, de madera, pintando figuras en bóvedas, trabajando en artesonados, etc. Aún se pueden ver algunos de estos trabajos en la vivienda de los antiguos almacenes Vallejo, situada en la Plaza de España y en la casa señorial de los Condes de Campos de Orellana –el actual Museo Etnográfico de Don Benito–.

Con el firme propósito de cursar estudios artísticos, en 1954 se traslada a vivir a Madrid. Sabiendo de la imposibilidad que tenía su familia para costearle los estudios, trata de encontrar trabajo empleándose de nuevo como pintor industrial.

De forma paralela asiste durante un tiempo a clases en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de la calle Marqués de Cubas, para después pasar a practicar el dibujo en el Museo Nacional de Reproducciones Artísticas, situado en el Casón del Buen Retiro, donde utilizaría como modelos vaciados de las esculturas más representativas del clasicismo griego y romano.

Allí inició su preparación para el ingreso en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, precursora de la actual Facultad perteneciente a la Universidad Complutense de Madrid. Acudiría para practicar el dibujo por su cuenta, al no poderse costear un profesor, como tenían la mayoría de los que allí se preparaban. Uno de aquellos profesores, Mariano González Hernán, al observar su talento con el dibujo y su tesón, le ofreció su ayuda. De este modo, comenzó a asistir a su taller, continuando su preparación para el ingreso en la Escuela de Bellas Artes. En esta Escuela cursaría estudios entre 1955 y 1961 –con extraordinarios resultados, como lo demuestra el Premio que ya en su primer curso obtuvo en la asignatura de Modelado–, compaginándolos siempre con su trabajo e interrumpidos por el período obligatorio de Servicio Militar. No obstante, durante dicha etapa no dejaría de pintar, pues desde que algunos de los mandos supieron de su talento le encargaron la realización de retratos y algunas copias de obras del Museo Nacional del Prado. Frecuentaría dicha institución durante años, tanto para conocer y familiarizarse con la técnica de los grandes maestros, como para adquirir habilidad a través de la reproducción de copias, como así lo testimonian los libros de registro de copistas del Prado.

Durante sus primeros años en Madrid estuvo viviendo en diferentes pensiones, también en la vivienda del matrimonio formado por el escultor Enrique Pérez Comendador –Premio Nacional de Escultura en 1935 y autor, entre otros, del grupo escultórico de la fuente de la Plaza de España de Don Benito– y la pintora Madeleine Leroux Morel, con quienes trabajó como ayudante hasta incorporarse al Servicio Militar en 1957. Posteriormente, una vez reanudadas sus clases en la Escuela, en 1959 lograría alquilar junto con un escultor el que sería su primer estudio, en el barrio de Delicias.

Cuando ya se encontraba cursando el último año de Bellas Artes, a sus padres les surgiría la posibilidad de adquirir una vivienda propia. Siendo los recursos familiares limitados para ello, Antonio y sus hermanos acuerdan que los tres siguientes en edad se unan a él en Madrid durante un tiempo, para trabajar y reunir los fondos.

Antonio trabajaría como pintor industrial y además como cartelista, pintando artesanalmente carteles cinematográficos para las salas de la Gran Vía madrileña. En sus visitas a Don Benito, también haría carteles para el cine Avenida, popularmente llamado Jaimito.

Su primera exposición de pintura la realizaría siendo  aún estudiante de Bellas Artes, en el verano de 1959. Sería en la Biblioteca Municipal “Francisco Valdés” de Don Benito, coincidiendo con el décimo aniversario de su apertura. Al terminar el cuarto curso,  en 1960, expondría en el Casino de Mérida, recibiendo alentadoras críticas en la prensa. En 1961 concluye sus estudios en la Escuela de San Fernando. Este año se trasladará a otro estudio, situado este en la Plaza Mayor de Madrid –el cual siempre conservaría– donde comenzará a centrarse plenamente en el arte y en la búsqueda de su propio estilo, alejándose del marco académico.

En 1963 viaja a Francia, estableciéndose durante varios meses en París, lugar donde convergían muchos jóvenes artistas atraídos por la atmósfera creativa y donde tomaría contacto con las últimas tendencias artísticas, que en aquella época apenas llegaban a España. Se ganaría la vida pintando en el emblemático barrio de Montmartre, que diera cobijo a la vida bohemia. Allí un marchante de arte, habiendo observado su destreza, le ofreció un contrato de dos años y un estudio donde trabajar, pero optó por no limitar su obra a imposiciones externas, regresando a Madrid a intentar abrirse camino allí.

El año 1964 será un punto de inflexión en su vida al plantearse decisiones trascendentales para su futuro. Es entonces cuando elige apostar por su talento y dedicarse plenamente al arte, tratando de hacerse un hueco en el difícil e inestable mundo de la pintura. Este año también decidiría unirse en matrimonio con la que sería la gran compañera de su vida, Palmira Cortés Ramos, a quien había conocido en Madrid unos años antes, aunque ella y su familia también eran originarios de Don Benito. De su unión nacerán tres hijas: Elena, Silvia y África. La joven pareja, de espíritu inquieto y gran voluntad de superación, supo crear un núcleo familiar estrechamente unido.

Palmira, mujer de gran sensibilidad humana y artística, le apoyó siempre en su vocación. Tuvo fe en él, en su valía, a pesar de que en aquellos tiempos casarse con un artista era algo inusual, y que a todas luces conllevaría hacer frente a la incertidumbre cotidiana. Demostró sin duda valentía y verdadera comprensión a su compañero.

El camino emprendido en el terreno del arte implicaba tener que alternar la realización de obra comercial, para asegurar la subsistencia de su familia, con ese otro ámbito de la creación, aquel en el que podía verter su auténtico ser. Fue del fruto de ese intenso trabajo interior como nacieron dos obras con las que ganó su primer premio de cierta relevancia, la Segunda Medalla de Pintura en el concurso “C.S. García Noblejas” de Madrid, otorgándole al año siguiente el Premio Extraordinario de Pintura y Premio de Honor de Dibujo. Entre las obras que presentara en esta ocasión figuraban dos temas taurinos.

Es a partir de entonces cuando siente con verdadero ímpetu la necesidad de dejar atrás los motivos comerciales, creando su obra desde el deseo de aflorar su yo más profundo. Son obras sobrias, desgarradas, vibrantes, auténticamente honestas consigo mismo. Verán así la luz sus tauromaquias, que durante esta etapa serán un aspecto vertebral de su temática. En ellas el animal se nos muestra desde su dolor, pero también desde su magnificencia y belleza.

En estos años los animales poblarán sus lienzos, gallos, gatos, carneros, perros, aunque el toro será el más emblemático.

Si hasta ahora su paleta se nos ofrecía multicolor, en este nuevo ciclo la sobriedad representada por negros, pardos y grises, es la que destaca.

Fue con esa nueva obra con la que se presentó en 1968 al “X Certamen Nacional de Pintura” de Gibraleón, ganando el Primer Premio.

Es por entonces cuando Cañamero empieza a realizar exposiciones recorriendo toda la geografía española, con muestras en Valencia, Madrid, Castellón, Badajoz, Córdoba, Santander, Bilbao, San Sebastián, Jaén, León, entre otras ciudades, y también en capitales extranjeras como París, Caracas, Nueva York, Tokio, etc.

PINTOR CAÑAMERO

La mirada del pintor. Fotografía: DISANCOR.

Por esta época, ya en los años setenta, paralelamente a las tauromaquias aborda otros géneros, como son naturalezas muertas y paisajes. El retrato fue también una temática que, aun no siendo en su trayectoria artística especialmente conocida, él nunca abandonó, realizando a lo largo de su carrera algunas obras especialmente reseñables, tanto encargos institucionales, como para colecciones privadas o en el ámbito familiar. Sus dos nietas, Alma y Lucía, serán las últimas a quienes retrate.

Como ocurre con todo auténtico creador, su obra va teniendo oscilaciones de estilos y temáticas diversas, buscando instrumentos y lenguajes nuevos. Aunque Cañamero ya tenía un consolidado lenguaje plástico, continuaba –como siempre lo hará a lo largo de su trayectoria artística– al encuentro de otros caminos. Así, hacia 1975 se inicia  en la vertiente del lirismo, convirtiéndose su pincelada casi en un punteado, a partir del cual modela los diferentes elementos compositivos.

Aunque son naturalezas muertas los primeros motivos de estos cuadros, gradualmente comienza a aparecer el paisaje. Si bien en ellos al principio representa diferentes lugares de su entorno más cercano, progresivamente siente la necesidad interior de ahondar en sus raíces, trazando a partir de entonces desde sus lienzos un paulatino camino de regreso a su tierra. Los primeros paisajes los pintará desde Madrid, donde continúa viviendo, pero pronto sentirá el anhelo de estar en contacto físico con la naturaleza y poder transmitir esa experiencia.

Tras una fase en la que trata de sopesar si es una prometedora andadura por los círculos artísticos madrileños, en los que ya ha ido consiguiendo un lugar, o la aproximación al medio natural, lo que realmente desea, decide optar por la relación inmediata con lo que quiere investigar y plasmar, como auténtico creador que es.

Todo el que haya conocido mínimamente a Cañamero es consciente de que la honestidad consigo mismo y la humildad han sido pilares en el armazón de su personalidad. Se entiende pues que, ante esa tesitura y siendo persona discreta, optará por abandonar los posibles honores que le ofrecería ese adquirido reconocimiento en su ya consolidada carrera, para establecerse en la Extremadura que le viera nacer y, de este modo, poder pintar su paisaje del natural.

En 1978 se trasladan él y su familia a Don Benito. Tras veinticinco años en la capital torna a la tranquilidad de este lugar al que le unen tantas raíces y recuerdos. De allí siempre anheló esa paz, tan inherente a su persona, y la cercanía para la contemplación recreada de ese entorno al que tan entrañablemente se sentía unido.

Tras esta transición comienza otra nueva etapa en su trayectoria artística, cuyo objetivo primordial será reflejar su visión del paisaje extremeño. Hasta entonces las obras que había realizado en torno a esta temática se podrían enmarcar en un estilo cercano al puntillismo pero es entonces, a principios de los ochenta, cuando el pintor abraza el paisaje como principal forma de expresión. La naturaleza, con la que cada vez más identificado se siente, empieza a ejercer una honda fascinación en él. Los campos en sus múltiples facetas, en sus diferentes procesos, le inspiran para crear en sus lienzos un conjunto de plasticidad compositiva, cromática y estructural.

No obstante alterna este con otros géneros, tanto de tinte irreal y onírico –aunque no por ello menos vibrantes, como su serie Metamorfosis–, como también obras cercanas al compromiso social. Con estas, a la vez de hacer patente la plasticidad de elementos cotidianos por los que transitamos, que habitualmente nos pasan desapercibidos, insta al que lo contempla a ser consciente de ciertos aspectos de la realidad que deberíamos intentar cambiar, a pesar de que desde sus telas nos muestra una belleza inusitada. Estas temáticas nos hablan de él como hombre comprometido con la justicia social y al mismo tiempo nos muestran sus reflexiones acerca de la degradación que el ser humano ejerce sobre su entorno.

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En un rincón de su estudio. Fotografía: archivo familiar.

Durante este período Cañamero dará  a conocer más su obra por Extremadura, presentándose a varios certámenes, y recibiendo el Primer Premio en el “I Salón de Otoño de Pintura” de la Caja de Ahorros de Plasencia (1979), el Segundo en el “IV Salón de Primavera” de Cáceres (1980) y el Primero en el I Premio Internacional de Pintura “Eugenio Hermoso” de Fregenal de la Sierra (1981). También en este año realiza los dibujos para ilustrar los poemas de Luis Álvarez Lencero, editándose  la carpeta Homenaje a Extremadura. Posteriormente, al estrecharse los vínculos de amistad con este reconocido poeta y escultor, realizará ilustraciones para varios de sus libros, además de para otros poetas.

Paralelamente a su faceta creadora Cañamero se embarca en un nuevo proyecto, la apertura de una academia de dibujo y pintura en Don Benito. Esta haría más accesible este ámbito de la cultura a aquellos que sintieran inquietudes artísticas, dándoles la posibilidad de desarrollar sus capacidades y su sensibilidad en este medio.  Siendo persona de impecable ética del trabajo, dedicaría a su vocación –pintar– el máximo tiempo posible, siempre inmerso en una continua búsqueda, en la creación de esa obra que desea, sin concesiones que la limiten.

Desde los círculos culturales extremeños, cada vez hay un mayor interés por la obra del artista. La Diputación de Cáceres y el Ayuntamiento de Don Benito, a través  de su Concejalía de Cultura, organizan una retrospectiva  aunando dos décadas de su obra. La muestra se realiza en la entonces recién inaugurada Institución Cultural El Brocense, en Cáceres.

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Recogiendo el título de Hijo Predilecto de Don Benito junto a su esposa Palmira, 1982.

En 1982 es nombrado Hijo Predilecto por el Ayuntamiento de su ciudad natal, siendo por entonces su concejal de cultura Valentín Gómez Fernández. Con motivo de ello se exhibe otra retrospectiva de su obra, en esta ocasión en Don Benito, celebrándose diversos actos culturales a lo largo de varios días para conmemorar dicho evento.

En la década de los ochenta realiza un buen número de exposiciones por diferentes localidades de la geografía española, muchas de ellas en Extremadura, queriendo acercar así su pintura a los lugares que, en tantas ocasiones, reflejaba en sus telas. Además, en 1985 Palmira y él abren una galería de arte con carácter altruista para contribuir a la difusión del arte en Don Benito.

En 1989 el Ayuntamiento de Don Benito decide ponerle su nombre a una calle de esta localidad. Este mismo año fallece su padre. Continua realizando muestras por diferentes provincias españolas y en 1993 viaja nuevamente a  Francia donde, además de realizar una exposición en Cognac, junto con sus alumnos, es nombrado Expositor de Honor y Medalla de Honor en dicha ciudad por el Cercle des Beaux-Arts Poitou-Charentes.

Un tiempo después realiza un viaje a India, con Palmira, de donde le brotará inspiración para nuevas obras.

En 1997 fallece su madre. Sus progenitores, personas de gran nobleza, inculcaron a todos sus hijos desde muy jóvenes la cultura del trabajo y el respeto al prójimo. Nadie antes de Antonio en la familia se había dedicado al arte, pero en ningún momento sus padres mostraron oposición, contando con su apoyo. Ambos fueron personas de mentalidad abierta.

En 1998 la Casa de Cultura de Don Benito acoge una nueva retrospectiva de cuatro décadas de su obra, en la que ofrecería una cuidada selección de la obra más representativa de su recorrido artístico.

Al año siguiente fallece Palmira. Ella fue una persona de fina intuición estética, que se convirtió en la mejor y más exigente crítico de la obra de Antonio, cuyo criterio le ayudaría a alcanzar un mayor grado de exigencia consigo mismo. Por ello él la definió como el motor de su trabajo. Así lo reconoce en la monografía que, un año después, la Fundación Caja de Badajoz le dedica.

A partir de entonces realizará muestras más esporádicamente. Aunque nunca había existido la necesidad en él de reconocimiento ahora es menor aún, si cabe, dicho interés. Cañamero, en la soledad de su estudio, comulgando con su obra y su pensamiento, profundizará en su proceso de síntesis, en su capacidad de crear que, en definitiva, es su lenguaje sin palabras, su modo personal de expresarse para con el mundo exterior.

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Cañamero. 2006. Fotografía: archivo familiar.

En el año 2007 recibe dos reconocimientos; el C.I.T. de Almendralejo le otorga el título de “Caballero de la Orden del Miajón de los Castúos” y la Asociación Nacional de Informadores Gráficos, de Prensa y Televisión el “Premio a su Trayectoria Profesional”.

El Museo de Bellas Artes de Badajoz organiza una exposición antológica en el año 2008 de la obra de Cañamero, publicando un libro sobre su trayectoria vital y artística. En ellos se muestra su constante evolución.

Progresivamente y de forma voluntaria, va alargando las fechas entre sus exposiciones individuales, alternándolas con otras colectivas.

Realizará dos últimas muestras, ya plenamente centrado en el paisaje, en 2010 en la Casa de Cultura de Don Benito, con el título “Los cuatro elementos: tierra, agua, aire, fuego” y en 2012, estando ya enfermo, “La voz del silencio” en el  Parlamento de Extremadura, en Mérida, una exposición largamente esperada que no pudo llegar a ver.

Falleció el 16 de Enero de 2013, dejando tras de sí una obra versátil y prolífica, creaciones surgidas desde la hondura de su alma, que encarnan sus emociones y reflexiones, sus indagaciones y experiencias y que son, en definitiva, su forma de interpretar el mundo a través de la sabiduría adquirida a lo largo de toda una vida.

Fue un hombre íntegro, justo, profundamente bueno; el pundonor, el afán de conocerse –a través de la superación de sí mismo, tanto en el plano artístico como vital– estuvieron siempre en él. Un hombre al que muchos de los que le conocieron echarán de menos y con quien siempre podrán seguir reencontrándose en su obra.

Elena, Silvia y África Gallego Cortés

Fuentes:

-GALLEGO CORTÉS, ELENA; GALLEGO CORTÉS, SILVIA; GALLEGO CORTÉS, ÁFRICA (2016): “Antonio Gallego Cañamero (1936-2013)”, en Biografías dombenitenses II (entre los siglos XIX-XXI). Grupo de Estudios de las Vegas Altas.

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