Celestino Vega Mateos

CelestinoVegaNació un 2 de Noviembre de 1901 en Serradilla, pueblo extremeño de la hermana provincia de Cáceres y forjador de grandes talentos literarios que cuenta, en su Escudo Heráldico, con una cruz central que separa cuatro cabezas de lobos. Religiosidad y leyenda se mezclan con la cantarina expresión de su “parola sin par”. La influencia directa de la proximidad de los agrestes ribazos del bullicioso río Tajo y los grandes “Cotos de Caza Mayor” que lo rodean, conforman las boscosas sierras, con el Castillo de Monfragüe por bandera, hondeando al viento, que forjan la historia sobre riadas impresionantes que aislaban al pueblo y los “Cuentos de lobos” que, al amor de una buena candela de leña de encina, iluminaban las largas tertulias familiares en las negras y frías noches de los rudos inviernos, mientras la fuerza del aire bramaba bajo el resquicio de las puertas, haciéndoles el eco lastimero a los tristes lamentos de los perros.

La paternidad del Santísimo Cristo de la Victoria (obra importantísima de Domingo de Rioja, de 1635) y la maternidad de la Santísima Virgen de la Asunción (precios escultura de Salvador Carmona, del año 1749), son los valedores que atizan la candela de la Fe de este pueblo, como la característica más sobresaliente de todo serradillano.

De esta agua bebió Celestino Vega Mateos, desde su nacimiento, en el seno de una familia compuesta por el matrimonio Heliodoro Vega y Antonia Mateos, con sus hijos Celestino, Luis (Farmacéutico en Madrid) e Isidora (poetisa). De su padre, Secretario del Ayuntamiento, comenta José María Real Antón: “Fue el alma y sostén del periódico local El Abanico; sus saladísimas crónicas eran las que hacían afluir al público a la lectura del papel; su gracia chispeante y aguda sátira, las que a todos divertía”.

Quizá heredara Celestino, genéticamente, esa gracia de su progenitor que falleció cuando su hijo aún era pequeñito. Tenía 11 años cuando escribió su primera obra teatral, “La duquesa del Manzanar”, en la que se adivinaba lo que después sería y que editó la Imprenta de Agustín Sánchez Rodrigo en 1913; la que se hizo famosa con la edición, en 1905, de la cartilla “El Raya” del ilustre maestro D. Ángel Rodríguez Álvarez que, incluso llegó a adoptar la Casa Real de Alfonso XIII para la educación de D. Alfonso de Borbón, Príncipe de Asturias y Heredero de la Corona de España, que muriera siendo un niño.

Con 18 años (1919), funda Celestino, con otros amigos de su pueblo, “El Ateneo Serradillano” y la “Biblioteca Circulante”, manifestando, en una entrevista que le hizo Víctor Chamorro en su casa de Don Benito, amenazado ya de muerte: “Nosotros hacemos una guerra valiente a la ignorancia. Tenemos libros de donde poder sacar la luz. Los que, por mala negligencia o por desgracia acaso, salieron ignorantes de la escuela o no pudieron entrar porque, ni los padres ni nadie les pudo dar una somera Cultura, cuando llegan a ser grandecitos y se ven a sí mismos incultos… ¿Qué mejor se puede hacer por ellos que poner a su disposición una biblioteca donde adquirir una Cultura General que, también les dará una elevación Moral? Daban recitales en los que leían sus poesías y representaban obras teatrales como “Amores y Amoríos” de los Álvarez Quintero en la que, Celestino, interpretaba el papel principal de Juan María, con gran éxito.

Fue por entonces cuando, estudiante de Medicina en la Universidad Central de Madrid, conoció al que sería el mejor amigo de toda su vida, el escultor extremeño, de Hervás, Enrique Pérez Comendador. Los dos acuden a las Tertulias Literarias madrileñas, y se hacen asiduos del “Café Gijón” donde conocen a los artistas de más renombre de la Villa del Oso y el Madroño.

En aquel tiempo -recuerda el escultor- ya su clara inteligencia y despierto afán de saber, llevaba la delantera en nuestras charlas juveniles. El arte, la belleza, el paisaje y el ilusionado mañana, eran aglutinantes de aquella amistad que se hizo fraterna.

Madrid era entonces Corte y Villa de medida humana, distinguida y abarcable. Se aprendía en los libros, en las calles, los jardines, en el campo, en el taller y en los museos. Él, con el verso y yo, con la resistente materia, poetizábamos nuestro quehacer. El sentimiento poético de Celestino, tomaba forma de versos que, pasado los años, no han perdido su fragante perfume”.

El periódico local de su pueblo, El Cronista, va publicando todas sus poesías que, en 1921, recopila en un solo librito intitulado “De las Divinas Inquietudes” del que llega a decir su editor: “El poeta ha hecho un libro de arte, de amores y de dolor en el que, sin nublar los destellos del arte, ni amenguar las ilusiones del amor, se percibe la nota, intensamente amarga, del dolor”. Y de él, dice su autor: “Ofrecer a los demás, las flores que recogí en todos los viajes que hice sobre El Clavileño”. Para continuar: “Aunque he vivido poco y la primera juventud no apartó de mis hombros su manto de ilusiones, he vivido lo suficiente para que el corazón haya sufrido más de un desencanto y haya estado borracho de muchas voluptuosidades, sobre todo… la de soñar”.

Celestino Vega termina su carrera de Medicina a los 25 años de edad, y en ese mismo año, 1926, se casa con su primera y única novia, la serradillana Felisa Rodrigo García, y marchan a Madrid para especializarse en Oftalmología.

Teodora Rodrigo García (otra gran poetisa serradillana) tira de ellos hacia Villanueva de la Serena, donde su marido, Aurelio Rivas Mateos, tiene abierta una Farmacia; pero Celestino prefiere situarse en Don Benito, separados por cinco kilómetros escasos de distancia. Y seguidos con las palabras de su amigo Enrique Pérez Comendador: “Activo, consciente, el poeta-médico derrama su generosa humanidad volcada al bien y a toda noble iniciativa para que Don Benito se beneficie de su inteligencia afán por la mejora y decoro de la Villa que, en adelante será la suya y de sus hijos.

No siendo político, ni poderoso… Parque, Biblioteca, Reformas Urbanas, Centenario de Donoso Cortés, Restauración y embellecimiento de la Iglesia Arciprestal de Santiago, la Plaza y su Fuente Monumental… surgen o se realizan con la siempre discreta intervención o consejo de Don Celestino Vega Mateos, a quien todos respetan y quieren, por esa autoridad que dimana, más que de los cargos, del saber y desprendimiento de sí mismo”.

Nace su primer hijo, Rafael, en el mes de Octubre de 1927 y, el 16 de Mayo de 1931, nace su segundo hijo: Una preciosa niña a la que bautizan con el bonito nombre de Elena. Todo es felicidad en aquella casa, hasta que estallara la fratricida guerra “Abuelo 2 001incivil” que tantos hogares destruyera. Con el continuo temor de aquella azarosa tormenta que sembró de terror tres años de nuestras vidas y de nuestra historia… termina la guerra; se acaba la pesadilla… se reagrupa la familia… y cuando empiezan a rehacer sus vidas… otro mazazo, irreparable, se les presenta el día 2 de Octubre de 1939: la muerte prematura y sorprendente de su hijo Rafael, a la edad de 12 años, que así lo relata aquel pobre padre herido por el dolor: “Mi hijo Rafael, cayó repentinamente muerto, cuando jugaba con los amigos. Aquella tarde volví, a casa, trayendo sobre mi hombro su cabeza transida”.

Entonces fue cuando, el poeta, dio la medida exacta de lo que era. Fueron saliendo, de sus temblorosas manos, lo mejor de sus rimas que las culmina con las que, en 1970, dio nombre a su famoso libro: “El Juguete Caído”, compuesto por varias poesías; todas ellas dedicadas al adiós de su hijo muerto, de las que entresaco algunas estrofas parciales. Las inicia con una reflexión y una pregunta, que adquiere todo el viso de la tragedia:

¡Hablan las cosas!;

¿tú has oído

cómo pregunta por su dueño ausente

el juguete caído…?

 Continúa con:

¡Marinero de tierra adentro,

siempre soñando en el mar!

¿Hacia dónde fue aquel navío

del que eras tú capitán?

-Mi corazón va con mis ojos-

¡Ay, quien pudiera encontrar,

por el mar de los cielos…

el navío y el capitán!

 Piensa…:

Tan juntos los dos vivimos,

sin límites en nuestras almas,

que yo no sé de quién era

lo que en ti o en mí guardaban.

Árboles que están tan juntos…

cruzan raíces y ramas.

 “El Juguete Caído” termina con “El entierro del Flecha”, del que dijo, el gran filósofo, Pedro Caba, que “es uno de los más hermosos poemas que se han escrito en la poesía española, sin excluir el de Lope de Vega a la muerte de su hijo”. Con esta elegía, culmina todo el poema:

¡Cómo redobló el tambor

en tu entierro de juguete!

Te dieron guardia callada

tus cuatro amigos de siempre,

-fusil de madera y ojos

de espanto frente a la Muerte-.

Lentos pasos infantiles,

forzados a ser solemnes,

al son del ronco tambor

de tu entierro de juguete.

La bandera te envolvía

como si fueras un héroe.

Rígido, tendido, pálido,

bien “firme” frente a la Muerte

en los hombros de los tuyos

te fuiste, ¡ay!, ¡para siempre!

¡Cómo lloraba el tambor

en tu entierro de juguete!

 Celestino Vega ¡tanto sufrió, y amó tanto! que dejó escapar sus sentimientos más íntimos y, como bálsamo espiritual, quedaron plasmados en el papel para gozo y lágrimas de todos cuantos lo lean.

Aparte de los elogios vertidos por Enrique Pérez Comendador y Pedro Caba, su otro amigo íntimo de la niñez, desde los estudios compartidos en el Instituto cacereño, Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros, manifestó en la prensa regional:

“Páginas cuajadas y maduras, son estas en las que Celestino Vega ha vertido su inspiración, colocando al hijo muerto, entre todas las cosas que forman su vida, su tierra, su familia, sus amigos, sus sentimientos y… sus sueños.

Siempre decimos, y es cosa cierta, que la parda Extremadura es tierra de Conquistadores; pero también lo es de Santos y de Poetas. Por el miniaturizado Conventito de El Palancar, aún mora la sombra de San Pedro de Alcántara. Y desde aquel Aldonza “El Divino” que cantará en siglos lejanos, los versos han sonado, en los rincones extremeños, como las tintineantes esquilas de las pacientes merinas. Sol y cielo, campo y pueblo, fe y amor, paz y reciedumbre de una raza, cuajaron en estrofas sonoras y sentidas a lo largo de unas rutas que pasan por Gabriel y Galán, y Luis Chamizo, para culminar en el rico plantel de poetas de hoy. En este plantel hay que dar “un puesto de honor” al que sumar, a la bibliografía poética extremeña, las páginas dedicadas deliciosamente a “El Juguete Caído” de Celestino Vega Mateos”.

La actitud de Celestino, en su búsqueda insaciable de estudioso, lo llevó a desentrañar la historia de Don Benito, llegando a saber, más que nadie, de aquel pueblo al que tanto amó, sin olvidarse, por supuesto, de su Serradilla natal. Las costumbres y tradiciones de Don Benito durante el siglo XIX, son un excelente compendio de su historia, sacada a flote por él.

En 1955, Celestino fue incluido en la relación de “Poetas extremeños del siglo XX”.

Su preciosista prosa-lírica, queda reflejada en sus escritos: “La amiga de las golondrinas”, sobre las añoranzas de su infancia; así como las de carácter histórico: “La vida extraordinaria de un mozo de Medellín (Hernán Cortés)” que le publicara el periódico “El Pueblo”, de Madrid; o aquellos otros sobre “La Venta de la Guía (Una ruina ignorada)” o el “agua sobre los Prados de Mesta”.

Como estudioso de la arqueología, catalogó el famoso “Jarro de Valdegamas” (oinochoe etrusco del siglo VI a.C.) y numerosos artículos suyos, de investigación, figuran en revistas nacionales y extranjeras, periódicos, etc.

Como médico, siempre se preocupó de “estar al día” en los avances científicos que, a velocidad de vértigo, se venían presentando, pues nunca, la medicina, avanzó tanto en tan corto espacio de tiempo, como entonces, poniendo toda su ciencia (que no era poca) al servicio de los demás y, muy especialmente, al de los más necesitados.

Hasta aquí he hablado de Celestino Vega Mateos, por referencia de personas que lo conocieron y trataron personalmente. Ahora inicio su “Biografía Resumida”, basándome en la propia experiencia de un conocimiento, no solo directo, sino íntimo, que se inició en el año 1942, en el que yo contaba con 14 años y me fui, como alumno interno al Colegio del Corazón de María (Claret) de Don Benito, matriculándome en 4º curso de bachillerato. Era el Médico del Colegio Don Celestino Vega Mateos, joven de 41 años, alto, simpático, buenazo, magnífico psicólogo y de una gran humanidad que, aún cargaba, sobre sus hombros, la triste cruz del dolor por la muerte, desde hacía tres años, de su hijo Rafael.

Siempre demostró, Don Celesabuelo 001tino, una gran simpatía hacia mi persona. Yo sentía por él una gran admiración. Lo conocí, desde siempre; desde que yo era un niño de pantalones cortos, hasta que pese a ser un jovencito de pantalones bombachos, con la sombra de un incipiente bozo sobre mi labio. Cuando terminé mi bachillerato y me fui a estudiar a Salamanca, al conocer mi noviazgo con su hija Elena, lo recibió con gran complacencia.

A medida que más nos íbamos tratando, más cariño nos íbamos tomando el uno al otro. Hablábamos -porque era un gran conservador- de lo divino y de lo humano; de historia, de literatura, de poesías, de la ciudad y del campo; de nuestras realidades y… de nuestras ilusiones. Entonces fui conociendo su producción poética que me llenó de admiración, complacencia y emoción, al sentir que, nuestros sentimientos, nos hacían muy parejos.

Después de siete años de noviazgo, nos casamos su hija Elena y yo, un 27 de Septiembre de 1954; entonces tenía él 53 años, y no se perfilaba sobre el nítido cielo azul de nuestras vidas, los negros nubarrones que, a poco, empezaron a amenazar su salud y nuestra sosegada tranquilidad.

Le trajimos “sus cuatro nietos” y muchas veces me decía que “ese era el estado perfecto del hombre: el disfrute total sin el freno de la educación, que atañe a la responsabilidad paterna”. Jamás lo vi disfrutar tanto… como con sus nietos; lo que nos hacía muy felices a todos.

El maestro, serradillano, del Instituto “Villa Fontana” de Móstoles, José María Real Antón manifestó, en el homenaje póstumo que, con motivo del cuarto de siglo de su muerte, le ofreció su pueblo:

“Queremos recordar, sin más dilación, que Felisa Rodrigo y Celestino Vega tuvieron también una hija que fue, sin lugar a dudas, quien llenara aquel vacío que le dejase la desaparición del hijo mayor. Si triste fue la desgracia acaecida, reconfortante y esperanzadora era la ilusión depositada ahora, totalmente en la niña pequeña. Y como Dios no abandona a quienes en Él confían, años después, Elena, la única hija del poeta, contrae matrimonio, ¡Oh, casualidad!, con un joven llamado Rafael, como aquel hijo desaparecido años antes. Pero esta casualidad no tendría ningún sentido, si no fuera porque el yerno Rafael, poseía excelentes y afines cualidades a las del médico que, sin duda, rememorarían en el poeta recuerdos ya pasados. Aunque no es mi intención insinuar que otros puedan sustituir a los propios hijos, sí me atrevo a afirmar que, en Rafael Navarrete Salazar, encontró de nuevo, el sentimiento paterno depositado en el hijo perdido y que ahora se sumaba al de su única hija. Estoy convencido, también, de que Rafael no fue para el médico un yerno común, sino el hijo que tanto anhelara, y viceversa, el hijo encontró en él a su segundo padre”.

Sabias palabras que, con tanta fidelidad, retrataron la realidad.

Muchísimos han escrito sobre su Obra Poética a raíz de la edición de su “libro insignia”, El Juguete Caído; y muchísimas fueron las felicitaciones recibidas que él cosechó, un par de meses antes de su muerte, de periodistas, filósofos, historiadores, escritores y poetas, de todas las regiones de España y del extranjero, pues hasta la gran escritora argentina, Josefina Cruz, en su viaje de regreso a Buenos Aires, le agradecía, a bordo del trasatlántico “Cabo de Buena Esperanza”, la cantidad de interesantísimos datos que le había proporcionado sobre la vid ay hazañas de la extremeña, de Medellín, Doña Mencia Calderón, “Adelantada de Río de la Plata”, para la confección del libro que tanta fama le proporcionaría después.

Desde Colombia, la Sra. Uribe, bibliotecaria de la Universidad Pontificia Bolivariana, de Medellín, nos comunica el gran éxito alcanzado por el libro de poesías “El Juguete Caído” del prestigioso Doctor Celestino Vega Mateos.

En parecidos términos se dirige a nosotros Doña Esperanza Forastieri desde Cuitláhuac, en la región de Guadalajara y provincia de Jalisco, en México.

En el año 1985 –15 años después de su muerte– su pueblo de Serradilla, bautiza con su nombre a una de sus más céntricas calles, orgulloso del hijo que naciere en él, porque no fue ajeno a la instalación moderna de la luz, ni a la traída de las aguas a su querido pueblo.

Después de sufrir un par de infartos de miocardio, empezaron sus problemas de vejiga. En varias ocasiones lo tuvimos que ingresar en el Sanatorio COVESA de Madrid para que fuera intervenido quirúrgicamente por el famoso Doctor Hidalgo, especialista destacadísimo y amigo suyo en el que tenía gran fe… Allí nos llegó aquel fatídico día 2 de Diciembre de 1970 cuando, a las 10:15 de la mañana, apenas recién cumplidos los 69 años de edad, nos sorprendió la entrada de la pérfida Átropos, con su refulgente guadaña, en aquella blanca habitación, en penumbras, para segar, de un tajo, la preciosa vida de aquel hombre bueno, sabio y ferviente católico que momentos antes, como presagiando su fin, estuviera encomendándose al Santísimo Cristo de la Victoria de su querido pueblo serradillano.

La Divina Providencia quiso que fuera el mismo día, del mismo mes en el que, Hernán Cortés, el hombre que tanta admiración despertara en él, muriera en Castilleja de la Cuesta, en el año 1547. Así pues, 423 años separaron sus respectivas muertes, y en un solo instante de aquel trágico día… ¡juntos para la eternidad!

Nos fueron llegando las innumerables pruebas de amistad y respeto, en misivas preñadas de sentidas condolencias, que no enumero por falta de espacio. Y salieron una serie de artículos de prensa, que nunca han faltado en sucesivos homenajes íntimos a su entrañable recuerdo, entre los que no quiero dejar de señalar, al coordinador de esta publicación biográfica, que tenemos en nuestras manos, de “Celebridades fallecidas en Don Benito”, José Antonio Gutiérrez Ortiz al que, una vez más agradecemos, la familia, el haber resucitado el recuerdo, imborrable, de nuestro querido padre Celestino.

Fue uno de los Socios Fundadores de FICEX (Feria Itinerante de la Cultura Extremeña).

El 30 de Abril de 1971 (Fiesta de la Primavera) el Ayuntamiento de Don Benito –a los cuatro meses de su muerte– le tributó un pequeño homenaje en el que, tras la lectura de alguna de sus poesías, impusieron a su viuda, Felisa Rodrigo García, una bonita medalla pendiente de un lazo de oro.

Muchísimos testimonios escritos guardamos, venidos de los cuatro puntos cardinales; unos, de felicitación a Celestino Vega Mateos, y otros, de tristes pesares a nosotros por su muerte. De las personas de Badajoz y su provincia que sobre él escribieron, no podemos olvidar a sus compañeros médicos, Antonio Sánchez (Cardiólogo) y Juan Enríquez Anselmo (Cirujano). El pésame de este Ilustre Colegio Oficial de Médicos firmado por su Presidente de entonces (18-12-1970) y amigo personal, Juan Rincón.

Los periodistas, Tomás Rabanal Brito y Francisco Rodríguez Arias.

Los escritores, Antonio Ballesteros Doncel; Rafael Gómez Ávila; José María Montes Caraballo; María José Hernández García, a la que hemos tenido el placer de escuchar hace escasos momentos juntamente con su marido, Antonio González Nogales, extraordinario poeta que borda, primorosamente, el dificilísimo soneto; Tony Cerrato Martín-Romo; Milagrosa Ortega Rodríguez; Laly González Gastell, hermana de nuestra queridísima Piti; Jesús Delgado Valhondo; Manuel Pacheco, Luis Álvarez Lencero; Antonio Reyes Huertas; Rafael Sánchez Mazas; Magdalena Gamir, viuda de Francisco Valdés; Enrique Segura Otaño; Pedro Caba (filósofo); José Canal; Eugenio Frutos; Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros (historiador); Juan Sánchez-Cortés, Subsecretario de Hacienda, en Madrid, Presidente del Atlético de Madrid, Abogado del Estado y dombenitense de “pro”.

Joaquín Dicenta (el actor de la profunda voz de bóveda); José María Pemán (académico gaditano y escritor) y del famoso centauro y rejoneador de los ruedos españoles y Presidente de la Diputación de Cádiz, Álvaro Domecq y Díez.

Quiero cerrar este recordatorio de fidelidades y amistad con el cultísimo Sr. Cusí, dueño de los famosos laboratorios oftalmológicos catalanes que siguen llevando su nombre por todo el mundo.

Quiero terminar, mencionando las bonitas palabras que pronunció la universal pintora parisina, Magdalena Leroux Morel, viuda del “Escultor de la Hispanidad”, Enrique Pérez Comendador, en el multitudinario homenaje que se le tributó, el 12 de Diciembre de 1978, en el Salón Noble del Casino de Badajoz. Tras el almuerzo y ante un auditorio próximo a los mil comensales, dijo:

“Al corazón nos llega el recuerdo vivo de Celestino Vega Mateos al que, todavía, no se le ha hecho entera justicia. Además de auténtico poeta, no solo cuando se valía de la palabra, sino también en su cotidiano andar por la vida, era un hombre de extraordinaria cultura y conocedor, excepcional, de la noble tierra extremeña y de la grandeza de sus hombres.

Por su influencia y prestigio, Don Benito, donde ejerció su profesión de Médico, pasó del provinciano pueblo que era, en su fisonomía, a lucir una gran belleza urbana, centrada en esa Fuente Monumental, alegoría al río Guadiana, vuestro río, nuestro río que, con el Tajo que ahora tratan de disminuir, condicional la historia y vida de la Extremadura. En esa fuente, tallada e incisa, rezan estas bellas estrofas del poeta, acompañando la pétrea presencia del río:

Lenta pereza tendida.

Sueño de cielos y agua.

Río que muere y nace.

¡Guadiana… lento Guadiana!

Y el grande cuadro del Castillo de Medellín que cuelga de una de las paredes del Museo de Béjar (Salamanca), también fue inspirado por el sentimiento poético de Celestino Vega. Por eso quisimos que “los tañeros de Medellín”, lanzaran al viento, en su nombre, los ecos broncíneos de sus campanas… por aquellos campos que tanto amó.” Magdalena Leroux.

 A Dios queremos agradecer, que nos haya hecho recorrer, junto a nuestro querido padre, Celestino, un trecho largo de nuestro caminar por el sendero escabroso de esta condicionada y pasajera vida que nos tocó gozar y sufrir.

Rafael María Navarrete Salazar

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