Claudio Martín Soriano

Nace en Don Benito el 11 de febrero de 1928, siendo uno de los seis hijos habidos del matrimonio formado por Ernesto Martín Díaz y Florinda Soriano Miralles.

Su padre era sobrino del Maestro Claudio Díaz Díaz (1826-1928), que poseía el don de barajar varias facetas artísticas: pintura al óleo y decorativa, escultura, modelado, talla en escayola y en madera, grabados, perspectiva y construcción de edificios.

Ernesto Martín fue un hombre muy experto en el manejo de las gubias, especializándose en el gobierno del torneado.

El joven Claudio Martín termina sus estudios primarios y, alcanzando la edad del aprendizaje del oficio, le va atrayendo la talla en madera, que siempre vio ejercer a su padre, quien una vez terminada la Guerra Civil, arrastra a toda su familia a vivir a Sevilla, siendo allí donde Claudio inicia su actividad profesional en una fábrica de muebles denominada “Loscertales, S.A.”, industria muy sofisticada de la que poco o nada se podía aprender, según sus aspiraciones artísticas.

El arranque de sus inclinaciones artísticas no fue un mero hecho de la casualidad, sino que ya se había fomentado en lo más recóndito de sus genes debido a los antecedentes artísticos familiares.

Conociendo el sentir de su hijo, incompatible a cuanto fabricaba aquella gran industria del mueble, Ernesto Martín, que gestionaba una famosa factoría de arte en talla situada en la sevillana calle Alhóndiga número 42, taller que regentaba un renombrado artista llamado Francisco Castillo, que viendo el ahínco del joven Claudio por aprender y sus primitivas cualidades, lo adoptó como operario. Es donde permanece varios años, ejecutando toda clase de tallaje en madera, que el titular de aquel taller de arte distribuía por toda España y fuera de ella, siendo allí donde Claudio aprende el oficio, superando a los demás trabajadores y ganándose la confianza y simpatía del jefe, que sintió mucho la pérdida de Claudio cuando éste, convertido ya en un verdadero oficial, decide marcharse a Don Benito, estableciendo su taller en la calle de Velasco, edificio propiedad de sus padres.

En Sevilla dejó pequeñas obras artísticas de bella ejecución, como marcos, cajas de relojes, crucifijos…

A su llegada a Don Benito, Claudio buscó operarios para su taller, y es cuando toma contactos con Juan Jiménez Rueda, ofreciéndole compartir trabajo y ganancias, acuerdo que no progresó dado que el mismo día de la oferta, Rueda adquirió el compromiso laboral con el único tallista que entonces había en Don Benito, Pepe Ruiz García. Continuó la búsqueda de operarios, ocurriéndosele la feliz idea de contactar con varios alumnos de las clases de Talla en la Escuela de Artes y Oficios, que ya manejaban las gubias con destreza. De forma escalonada, en su local se fueron creando auténticos artistas del mueble y de la talla que, a lo largo del tiempo, iban realizando primorosas obras de arte en el taller de Claudio por el día y en las clases de Talla y Dibujo Artístico de Juan Aparicio Quintana por la noche. Es así como el taller de Claudio Martín Soriano fue alcanzando fama y popularidad entre los talleres de carpintería dentro y fuera de la provincia, factorías que no solo le encargaban la talla, que por entonces era obligada en todos los muebles, sino el diseño lineal de los mismos.

Aquellos que trabajaron con él determinan su desinterés económico para con ellos, remunerando espléndidamente las horas extras.

Claudio Martín Soriano, Alfredo y Manuel Moruno, tallistas del Retablo de la Iglesia de Santiago. Año 1955

Personas muy influyentes de Don Benito y muy amantes del arte visitan muy a menudo el taller de Claudio, encontrándose entre ellas los integrantes de la entidad religiosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y María Santísima de los Dolores, fundada oficialmente en 1955. Visitas cada vez más prolíferas de Vicente Ruiz Sáenz, el médico y humanista Celestino Vega Mateos o el profesor Honorino Buendía Villalba. Le visitan otras personas destacadas en la esfera social dombenitense, que van contemplando muy complacidos las virtuosas obras que allí se estaban realizando. Comprobaciones que van proliferando por cuanto se había constituido, desde 1950, una Junta Interparroquial en la misma Sacristía de la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol, que tenía la misión de gestionar artistas y allegar fondos para la confección de un nuevo Retablo Mayor, que había sido destruido en la contienda civil.

Tras varias dilaciones e intercambios de ideas, opiniones muy diversas y decisivas, aquella Junta acuerda encargar a Claudio la confección total de la talla del nuevo Retablo, obra grandiosa y primorosa que hasta 1956 no se terminaría de ejecutar, importando toda esta obra la cantidad de 299.874 pesetas, sumándose a esta cifra todos los trabajos de carpintería que realizaron los oficiales Mauricio García de Paredes, Francisco Ruiz Gómez-Valadés y otros, todos ellos trabajadores del almacenista Antonio Romero Barroso, que no aportó su madera a esta magna obra, sino que fue comprada por la comisión organizadora y transportada desde Soria, siendo aquel material de pino de primera calidad. Para la ejecución de estra grandiosa y regia obra, auxilian a Claudio sus trabajadores, que ya eran artistas y alumnos de la Escuela de Artes y Oficios: Antonio Gallego Sánchez, los hermanos Francisco y Julián Ortiz Martín-Mora, Manuel Moruno Hurtado, Manuel Sánchez Miranda y algunos otros. El Retablo Mayor de la Iglesia de Santiago Apóstol se inauguró el 26 de julio de 1958, festividad de Santiago Apóstol.

La obra retablística actual está basada en los dibujos y acotaciones del primitivo retablo construido en 1720 y que, a raíz de unas reformas en él, la Diócesis de Plasencia encargó al también dombenitense Ramón cardenal Velázquez su restauración, documentos que fueron celosamente guardados por éste como si presagiara que aquella magnífica obra que rehabilitaba iba a ser destruida tan solo 13 años después. Basándose en aquellos valiosos documentos, Honorino Buendía realizó los bocetos proyectistas en pequeñas dimensiones, los cuales se los entregaba a Claudio Martín; esquemas que éste dibujaba a tamaño completo, insertándolos en la madera que había que tallar a volumen natural. Enterado el Maestro sevillano Francisco Castillo que su operario, ya convertido en Maestro, estaba realizando una portentosa obra tallística, se desplazó hasta Don Benito, quedándose asombrado de cuanto allí se estaba realizando.

En el año 1956, la Junta de Gobierno de la Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y María Santísima de los Dolores, comienza a fraguar la construcción de un paso y procesionarlo unido a la Imagen del Cristo Crucificado. Se compone una Comisión personal integrada por Honorino Buendía y otros destacados miembros, que marchan a Sevilla a visitar diversos pasos, tomando amplias referencias de las obras que van ojeando; en la tarde del 15 de diciembre de 1956 aparece en un encerado de la Escuela de Artes y Oficios, ya convertida en Maestría Industrial, un boceto de Honorino que muestra lo que podría ser el frente respiradero del futuro paso. Son muchas las incertidumbres y desconciertos que emergen en aquella Junta de Gobierno a la hora de encargar la obra propuesta a talladores sevillanos, dudando que se pudiera ejecutar en Don Benito, surgiendo entonces la figura y el conocimiento artístico de Celestino Vega Mateos, que saca de dudas al Consejo Rector de la Cofradía, que encarga aquel preciado trabajo al tallista dombenitense Claudio Martín Soriano, que se había formado en Sevilla y que disponía de buena cohorte de oficiales.

El Dorador, Claudio Martín Soriano, trabajadores y amigos en Casa de Quico Fonda

Se inicia esta obra siguiendo la pauta de la idea general que previamente había marcado Honorino y, en una cochera de la calle Ancha, se comienza a montar el recio ensamblaje de carpintería interior realizado por Ernesto Martín Díaz, padre de Claudio, siendo auxiliado por Ramón Rodríguez. Sobre la plataforma del paso irá la canastilla o parte alta, que se tallaría también en madera de Flandes calada de afiligranado ornamento y bella factura, todo ello de estilo Barroco. Terminado el paso y aprovechando la estancia en Don Benito del dorador sevillano Alfonso González Pérez, que acababa de terminar la doración del Retablo Mayor de la Iglesia de Santiago, la Junta de Gobierno de la Cofradía requiere al artista sevillano para dorar únicamente el frente del paso o respiradero. La obra procesiona el Jueves Santo de 1957, portando sus 500 kilos 24 costaleros de la Ciudad, que son guiados por capataces y contraguías sevillanos un año más, hasta que en 1959 y 1960 actúa de Capataz Claudio Martín, dirigiendo su excelsa obra por las calles de Don Benito. Al mismo tiempo se adosan cuatro candelabros en cada esquina del paso dos más pequeños en los laterales, que se diseñan en el taller de Claudio, siendo uno de sus oficiales, Fernando García de Paredes, quien los va tallando siguiendo las pautas del Maestro.

Canastilla y respiradero del paso del Cristo de la Buena Muerte

Pasado el auge de las grandes obras religiosas que Claudio realizó, los oficiales seguían captando sus buenas labores artísticas y comenzaron a independizarse, montando sus propios talleres. La competencia que le crearon sus propios trabajadores aumentaba; por otro lado, y por motivos físicos, se incorporó muy tarde a la mili y, a pesar de su corta estancia, a su vuelta se encontró un taller “diferente” que, aun así, contrató a otros operarios a quienes enseñó sus habilidades. En esos avatares sufrió una Inspección de Trabajo que arrastró consigo una sanción económica importante, sumiéndole en una agonía monetaria difícil de afrontar, ya que no hizo patrimonio alguno de sus grandes y costosos trabajos; unido todo ello a unas muy continuadas “corroblas” que generaban disgustos, desavenencias familiares y desatención laboral hacia los escasos encargos que ya le iban surgiendo.

Ante todo este ambiente negativo, Claudio decide emigrar y se marcha a Alemania, trabajando de encofrador en una empresa constructora. El Maestro de los grandes pasos religiosos, el autor y dirigente de todo un magnífico retablo, el diseñador y constructor de dormitorios, comedores y otras grandes cantidades de muebles de diferentes y bellos estilos clásicos, para ganarse la vida, se hallaba clavando puntas en las maderas de las entibaciones constructoras de Alemania.

Después marchó a Francia, donde le aseguraron trabajaría en la talla que tan bien conocía. De entre las amistades surgidas sobresale un empresario de origen extremeño, proponiéndole trabajar en Avignón, y le insta a una sociedad laboral, consiguiendo allí un local y maquinaria adecuada para trabajar muebles de estilo, surgiendo entonces de nuevo las grandes actitudes artísticas de Claudio Martín. Su fama se fue extendiendo por aquella ciudad francesa, abundándole los encargos y demandas laborales que le eran imposibles de atender.

Viaja hasta Don Benito a la muerte de su padre Ernesto, visitando a sus amistades y contándoles de su buena situación en Avignón.

Contrajo matrimonio con Josefa Cortés, con quien tuvo tres hijos llamados Joaquín, Antonia y Florinda Martín Cortés.

Su esposa e hijos, ya mayores, mostraron sus deseos de volver a España, adquiriendo la casa de sus padres, que fue reformada en edificio de nueva vivienda, con el fin de vivir allí su vejez y olvidándose de que el honor a esas canas hay que ganarlo cuidando la salud; Claudio la desperdiciaba arrastrando con ello las relaciones familiares, muchas amistades, sinsabores y las excelentes cualidades artísticas, que en sus últimos años no podía ejecutar, víctima de los excesos que había consumido, pagando las consecuencias con una delicada intervención de cáncer de esófago.

Repuesto de aquella intervención y habiendo liquidado el taller de Avignón, cuya propiedad estaba pagando a plazos, la familia dispone todo el equipaje y enseres para el regreso a España; es entonces cuando Claudio vuelve a sentir los mismos síntomas patológicos y visita el Hospital de Montpellier, teniendo allí una segunda intervención que no llegó a superar.

El artista dombenitense Claudio Martín Soriano falleció en Montpellier (Francia) el día 8 de marzo de 1975, a los 47 años de edad.

Tras enviudar de Claudio, Josefa Cortés volvió a contraer matrimonio, quedando nuevamente viuda.

FUENTES:

-LOZANO SANTO, Juan José (2011): Historias Dombenitenses (1), autoedición.

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