Eulogio Velasco Navarro

Nació en Tornavacas, población de la provincia de Cáceres, a las once y media de la mañana del día 11 de marzo de 1886, siendo hijo del matrimonio formado por el Veterinario Pedro Velasco Martín (Tornavacas, 1848) y Aquilina Navarro Rodríguez.

Fueron sus abuelos paternos Francisco Velasco, natural de Piedrahíta (Ávila), y Vicenta Martín, que lo era de Aldehuela (Cáceres); por parte materna era nieto de José Navarro García y Celentená Rodríguez, ambos naturales de Tornavacas.

Vista de Tornavacas

Recibió en el hogar paterno esmerada educación desde sus primeros años, en los que demostró singular afición al estudio y complacencia especialísima en las cosas de la Iglesia.

Viendo estas buenas disposiciones, sus cristianos padres le enviaron a la ciudad de Plasencia, donde, al lado y bajo la vigilancia y dirección de su tío, don Manuel Navarro, Maestro de Ceremonias en la Santa Iglesia Catedral y sacerdote de muy probada virtud, completó su instrucción primaria e inició los estudios de la carrera eclesiástica, que cursó con notable aprovechamiento y brillantes notas en el Seminario Diocesano de la ciudad del Jerte.

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Malpartida de Cáceres, primer destino de don Eulogio

Fue ordenado sacerdote el 19 de febrero de 1910, siendo destinado como Coadjutor a Malpartida de Cáceres y luego a su pueblo natal, Tornavacas; después fue nombrado Capellán del Colegio de San José de Plasencia y de las Dominicas de la misma ciudad. Coadjutor de la parroquia de Santa María de Béjar, pasó el 1 de junio de 1912 a la de San Juan de la misma ciudad, con igual cargo, y como Director de Acción Social Católica, por mandato expreso del Excmo. Sr. don Ángel Regueras López, Obispo de la Diócesis de Plasencia (1915-1924), del que recibió alientos y orientación para llevar a cabo la difícil labor que se le encomendaba.

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Tornavacas
Iglesia de Santa María la Mayor en Béjar
Parroquia de San Juan en Béjar

En prueba de la estima en que el Prelado tuvo estos trabajos, el 2 de noviembre de 1917 fue trasladado como Ecónomo a la Parroquia de Cabezuela del Valle, donde, como buen operario, laboró sin descanso en aquel pedazo de la Viña del Señor.

Iglesia de San Miguel Arcángel en Cabezuela del Valle

En el Concurso oposición a las parroquias vacantes, fue nombrado Párroco de Oliva de Plasencia el 16 de febrero de 1920.

En esta Parroquia de Oliva de Plasencia desplegó el mayor celo a que su corazón de buen pastor le empujaba, por el bienestar espiritual y material de sus feligreses, sintiendo como propias las necesidades y miserias de uno y otro orden de los mismos; siendo el objeto preferente de sus desvelos su Iglesia y sus pobres, reformando y embelleciendo aquella y buscando de mil maneras medios y recursos para aliviar la situación de estos.

Parroquia de San Blas en Oliva de Plasencia

En el tiempo que vivió al frente de ella fue constantemente perseguido, insultado, acometido y objeto de numerosas emboscadas, de todo lo cual salió ileso por la especial protección divina que se servía siempre de las condiciones personales de valentía y acierto en las palabras que pronunciaba don Eulogio ante sus enemigos. Pero como rayaba en temeridad el prolongar tal situación, pidió a la Superioridad, y se le concedió, ir a su casa de Tornavacas, viviendo hasta el 4 de enero de 1932, en que, por quedar vacante la Parroquia de San Sebastián de Don Benito, se le nombró Ecónomo de la misma, yendo a ella con licencia de Residencia.

Era la Parroquia de San Sebastián muy difícil por radicar en ella la organización socialista conceptuada la Segunda República de España; ardua por la indigencia de la mayoría de su numerosa feligresía e ingrata por su carencia de estímulo humano.

Aquí encontraron las ansias de apostolado que sentía don Eulogio, un ancho cauce por donde pudieron discurrir, y desde el primer momento se hizo “todo para todos”, siendo exactísimo en el cumplimiento de sus deberes parroquiales y defensor celoso de los derechos de la Iglesia. Hermosó y embelleció el templo parroquial, así como también reorganizó y dio un gran impulso a la Catequesis; asiduo al confesionario, consiguió ver aumentado considerablemente el número de almas que a diario se acercaban a la Sagrada Mesa; esmerado en la preparación de sus sermones y homilías, porque decía: “La palabra de Dios debe ser presentada y expuesta como de Quién es”, era escuchado con verdadera religiosidad y fe; moderado y discreto en el consejo cuantas veces se lo pedían, acertado en la orientación; paciente con los que sufrían y preocupado por los necesitados más que por sí propio, supo conquistarse el corazón de cuantos le trataron. De lo que es prueba palmaria la estima y el concepto que de él tenía -y no se recataba en publicar- del elemento obrero de la Ciudad.

Parroquia de San Sebastián de Don Benito en el año 1921

Al estallar la Guerra Civil, don Eulogio fue recluido en su Casa Parroquial, sita en el número 32 de la calle de Cecilio Gallego (hoy calle del Arrabal) convertida desde aquella fecha en verdadera cárcel, ya que ni abrir la puerta de la misma le era permitido.

Lo peculiar de don Eulogio es que por dos años logró sobrevivir a las matanzas de decenas de vecinos de Don Benito, tanto de condición sacerdotal como religiosa y seglar, que se iniciaron el 28 de julio de 1936 y se prolongaron hasta el final de la dominación republicana en 1938, que fue la ocasión de su martirio.

Desde el día 20 de julio de 1936 en que se le hace primer registro e incautación de las cosas de la casa, hasta el día de su muerte, los registros, incautaciones y visitas de los miembros del Comité de la República y la policía para tomarle declaraciones y comprobar su presencia en la casa, fueron casi diarios. Todo hecho en medio de palabras soeces, amenazas, insultos y promesas de no dejar “en la tierra un tío vivo”, siendo el primero el que estaba vestido de blanco en Roma y causante si ellos perdían la guerra.

En el mes de marzo de 1937, el Comité Local de la República incautó la Casa Parroquial, instalando en una de las habitaciones de la misma una barbería, a la que concurría la masa de la barbarie, para fraguar sus planes siniestros en voz alta, a fin de que los oyese el buen Sacerdote, al que habían recluido, precisamente, en otra habitación contigua -única que le dejaron-, para que desde la misma escuchase necesariamente las blasfemias y planes criminales que tramaban, terminando muchas veces con las siguientes o parecidas palabras: “¿Y a éste…? ¿Cuándo le matamos? Es necesario que este Cura no se nos escape… Es bueno y… ¿es hombre de valor?”.

Cuanto sufrió moralmente don Eulogio en este plan de vida no hay pluma que pueda expresarlo. Horrendas blasfemias contra Dios y la Santísima Virgen profería continuamente el lleno de milicianos o maleantes que siempre allí había. Los insultos más refinados y las obscenidades más groseras y asquerosas, atribuidas a todos los eclesiásticos y familiares en general, y a don Eulogio en particular, tenía que oírlas. Allí adquirió la seguridad de que matarían a todos los sacerdotes “y al que estaba dentro lleno de…. (omitimos la frase en gracia a la dignidad), y entendió el género de muerte que les preparaban para escarmiento, porque con los fusilamientos solos no sufrían nada”.

La mañana del día 25 de noviembre de 1937, después de ser registrado don Eulogio por Guardias de Asalto antes de sacarle de su casa, es conducido inmediatamente a la cárcel, creyendo éste con fundamento que no tardaría en ser llevado a las tapias del Cementerio Municipal; camino que sus compañeros, párrocos y varios sacerdotes más habían andado ya. Pero no, se prolongó la agonía, siendo sacado de la cárcel el 28 de diciembre de 1937. Al entrar en casa dice don Eulogio a su hermana: “He estado en la cárcel por el nombre de Dios; ahora ostento el Título de Licenciado de presidio; Gloria a Dios por Él y gracias le daré siempre por este galardón preciadísimo”.

En dos ocasiones tuvo que ir don Eulogio a trabajar a las trincheras.

Desde el 18 de julio de 1936, la vida de nuestra víctima fue continua preparación para la muerte. El tiempo lo empleaba en la oración mental y vocal, estudio y conversaciones edificantísimas y consejos acertadísimos y santos a su única hermana y, alguna vez, con penitentes que, burlando a los milicianos, le pedían confesión. Las mortificaciones voluntarias externas las disimulaba con pretextos para que fuesen lo menos posible conocidas.

Una de sus prácticas constantes era la aceptación de los sufrimientos y muerte que Dios permitiera le diesen las fieras. Su creencia siempre fue que no saldría con vida de aquel cautiverio.

Al ver este sacerdote ejemplar que, aunque continuamente y de diversas maneras era molestado por dirigentes y chusma, la vida no se la quitaban, dice: “Que para Dios no sería él digno del martirio como sus compañeros”. Y también que, si Dios Nuestro Señor le sacaba con vida de las garras de aquella jauría, trabajaría sin descanso para extender el conocimiento del Sacratísimo Corazón de Jesús bajo el Título de Cristo-Rey; así como la Acción Católica, cumpliendo los deseos del Santo Padre, el Romano Pontífice.

El 19 de junio de 1938 es llevado nuevamente a la cárcel; como la anterior vez, fue el consuelo y confortamiento de los demás encarcelados, siendo la admiración de estos el semblante limeño, serenidad y resignación de nuestro buen sacerdote. Las cosas escritas en la cárcel y que se conservan, dicen repetidas veces: “estoy bien, contento, tranquilo y resignado”.

El 23 de julio de 1938, ante la proximidad de cerrarse la bolsa en la cual quedarían encerrados Don Benito y La Serena, los milicianos, en sus últimas convulsiones, ordenan que no se prenda fuego a la cárcel, donde había un centenar de detenidos, y que, si los Nacionales entraban en zona republicana, se dispusiera la conducción de los detenidos a Puebla de Alcocer.

D. Eulogio es uno de los presos. Es evacuado de la cárcel tras de estar en pie cuatro horas, a pleno sol y ligadas las muñecas y brazos a otros compañeros de prisión, caminó durante 24 horas entre vejámenes, malos tratos, hambre y sed, unos 50 kilómetros, vía dolorosa, por carretera, rastrojos y sierras hasta el final, el río Guadalefra, a 8 kilómetros de Campanario.

Por las conversaciones canibalescas de los bárbaros, en el pueblo de Campanario supo la cuerda de presos que morirían dentro de poco, por lo que casi todos los presos se confesaron con el sacerdote don Eulogio, dándoles éste a besar el Crucifijo, consolándoles y recompensándoles que recibiesen la muerte en remisión a sus pecados e hicieran Actos de Contrición perfecta y que perdonasen a los que les daban la muerte.

Río Guadalefra a la altura de La Coronada

Existe a orillas del río Guadalefra un molino, llamado “Redoma”, junto a la fuente “La Gamonita”, lugar donde don Eulogio, extenuado y agotado por la caminata reciente, después de las privaciones de los dos años, parece no tuvo resistencia física y allí le dio un colapso o ataque. Pronto recobró el conocimiento, pero como no podía andar ligero, quedó en el molino con cuatro compañeros más (Francisco Javier Santamaría Cabanillas, Agustín Cerrato Crespo, la comadrona de Don Benito Juana Ortiz Dávila y Santiago Arias Alonso; los restantes presos siguieron la marcha) y dos escopeteros, más otros tres milicianos que venían rezagados, los cuales dan muerte a tan buen sacerdote y a sus cuatro compañeros.

El 24 de julio de 1938, a las 15 horas, finaliza el holocausto de don Eulogio, cumpliéndose lo que un miembro del nefasto Comité Central Local dijo: “Es muy bueno, pero es sacerdote y de valía, por lo que no se lo dejaremos a los Fascistas”.

Restos del Molino “Redoma” del río Guadalefra. Fotografía de Alfonso Martínez

¿Cómo llegó don Eulogio al sitio donde apareció su cadáver, unos 300 metros del molino? Se ignora.

El cadáver del sacerdote, encontrado a los veinte días, estaba tendido en la tierra boca arriba, separado un poco de los restantes compañeros que a la derecha tenía y atado a ellos con un cordel fuerte por la cintura, en estado como si hubieran acabado de darle muerte. Tenía el cadáver sangrado la cabeza destrozada por bombas o culetazos de fusil, heridas de arma cortante en la parte alta de los brazos y fractura de huesos en el mismo sitio y muñecas, y algunas heridas más de bayoneta en el cuerpo. Las manos ligeramente cerradas hacia abajo: en la izquierda empuñaba el Crucifijo, en la derecha, un pañuelo empapado en sangre; los objetos que guardaba en los bolsillos, llenos de sangre, así como el Crucifijo y el pañuelo, son reliquias que la hermana guarda.

Identificó y recogió el cadáver, envolviéndole en un sudario nuevo antes de entrarle en el ataúd, su única hermana, acompañada de la bondadosa y virtuosa señora doña Petra Yedro, las cuales ya no le abandonaron hasta quedarle sepultado en el Cementerio Municipal de Don Benito el día 14 de agosto de 1938.

Tumba de don Eulogio Velasco en el Cementerio Municipal “San Antonio” de Don Benito

Un señor, superviviente de tan horrible tragedia, dice a la hermana: “No sabe V. lo que ha perdido; era don Eulogio un Santo, con talento muy grande y corazón mayor aún”.

Había sido sacrificado a la misma hora en que las tropas nacionales entraban victoriosas en Don Benito y “libertaban” la Ciudad, recuperándola para la España Nacional.

Falleció asesinado el sacerdote don Eulogio Velasco Navarro el 24 de julio de 1938.

FUENTES:

-GARCÍA RAMOS, Bernardo (1940): “Eulogio Velasco Navarro” en Flores de Martirio. Los Sacerdotes Inmolados de la Diócesis de Plasencia, Seminario Diocesano, Plasencia.

-Registro Civil de Tornavacas.