Fermín Mateos Quintana

Nace en el número 50 de la calle del Segundo Palomar de Don Benito, a las cuatro y media de la tarde del día 16 de octubre de 1880. El Coadjutor de la Iglesia Parroquial de Santiago, don Antonio García de Paredes, le impuso los nombres de Fermín Florentino.

Fue el mayor de los ocho hijos del matrimonio formado por Agapito Fernando expósito (posteriormente llamado Fernando Mateos Porro), jornalero, y Crispina Quintana Lozano. Sus abuelos maternos fueron Pedro Quintana y Parejo y María Reyes Lozano.

Partida bautismo de Fermín Mateos Quintana

Ingresó siendo pequeño en el Seminario de Plasencia, donde cursó con brillante expediente y acendrada virtud los estudios eclesiásticos. Allí en Plasencia conoció al gran poeta José María Gabriel y Galán.

Al comienzo de su carrera eclesiástica estuvo ejerciendo en distintos pueblos de Extremadura.

El Obispo le encomendó la capellanía de la Ermita de Nuestra Señora de las Cruces y su colaboración en la Parroquia de Santiago, que ejerció sucesivamente con los párrocos don Francisco Pablos Navareño, don José Gil Loro y don Donato Martín Sánchez Campos, así como también junto a los coadjutores don Antonio Bravo, don Antonio Rabanal y don Vicente Martín Sánchez Campos.

Todos los domingos, el trayecto hasta la Ermita de las Cruces lo realizaba en su burra, hasta que su salud no le permitió este medio de transporte; entonces, varias señoras dombenitenses le pagaban un taxi (Manolo Muñoz) para que no faltara la Misa de los domingos en la Ermita.

Ermita de Nuestra Señora de las Cruces en Don Benito

Para ayudarse a vivir, tenía unas viñas heredadas de sus padres, donde plantaba frutas y verduras de secano (tomates, melones), donde además hacía vino. Tenía una gran preparación para elaborar el vino, que era excelente, y de una gran calidad extra el que guardaba en sus cubas, en una bodeguilla por la calle Sierpes.

Su vida fue la de un asceta: trabajo y oración. Solo iba al Casino a tomar un café con leche por las tardes.

Tenía una inteligencia clara y concebía la verdad sin exageraciones que la transfigurasen y sin menguas que la quedaran incompleta. Los pobres y desvalidos hallaron en él un protector y un alivio en la magnificencia de su corazón. El don del consejo era en él un atributo innato.

Dominaba el latín extraordinariamente. Ni las églogas de Virgilio ni las odas de Horacio tenían para él dificultad alguna. Como escritor y periodista era realmente sensacional. Allá por los años 1920 era asiduo escritor del periódico La Semana, que se publicaba todos los sábados en Don Benito.

Cabecera del número 6 del periódico La Semana

Apenas hay personas que le hayan tratado fuera de las relaciones de visitas y cortesía sociales, a lo que él contribuyó con su exquisita modestia, prudencia y delicadeza. Era un hombre que gustaba de ser servicial, pero sin entrometerse en la vida de los demás.

Don Fermín Mateos hacía incansable el trato y las horas volaban sin nterare. Su carácter flexible, la bondad de su alma, su corrección exquisita, la apacibilidad de su temperamento, la amplísima erudición, hacían deseables su presencia, amable su trato y encantadora su amistad.

Fue un hombre de gran humanidad, inteligencia y austeridad de vida, y, sobre todo, por su dedicación a los más necesitados. En casa todos le obedecían y respetaban.

Partida de defunción de Fermín Mateos Quintana
Casa número 5 de la calle de los Albercones

Fallece en Don Benito el 22 de diciembre de 1958, a las nueve de la mañana, en el número 5 de la calle de los Albercones.

FUENTES:

-SOLANO CASERO, Fermín (2019): Retazos de Vidas Sacerdotales, Ayuntamiento de Don Benito.

-Archivo Parroquial de la Iglesia de Santiago Apóstol.