Isabel Sabido Aparicio

Nació en Don Benito el 10 de mayo de 1889, de un matrimonio de clásicos labradores de nuestra tierra, Antonio Sabido y Antonia Aparicio. Fue la mayor de cuatro hermanos, Manuel (Don Benito, 24.02.1891), Guadalupe (Don Benito, 24.07.1893) y María Cristina (Don Benito, 04.11.1895).

El inicio de su profesión religiosa se realiza a los veinte y pocos años de edad, tomando el nombre de Sor Antonia y marchando a Francia para hacer el noviciado en varias poblaciones de dicho país, y entrando en la Orden de Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl.

Es admirable como una joven, procedente de una humilde familia de labradores, marchara a Paris, hiciera el noviciado para monja y se hiciese una gran enfermera. Fue una gran persona, amante de su familia y una santa, haciendo el bien a todos los que a ella llegaban, no era una “monja boba”. Tenía un gusto especial para todo.

Pasó un tiempo en Nimes, una ciudad del sur de Francia, famosamente conocida por la multitud de restos romanos conservados en bastante buen estado.

Una vez en España, la destinan a Madrid, al Hospital del Niño Jesús, en la calle Menéndez Pelayo, que entonces era una Fundación y disponía de muy pocos medios hasta que, por diversas razones, y especialmente por la calidad de su atención y cuadro de profesionales, se hizo cargo de dicho Hospital el Estado, siendo hoy uno de los mejores del país en pediatría.

Desde que entró en el Niño Jesús, Sor Antonia fue una institución, estando en el Hospital cuarenta y cinco años, pasando por todos los cargos, tanto a nivel de Comunidad religiosa como de nivel sanitario y hospitalario, pues entre otras cosas su profesión era la de enfermera, estudios que realizó en Francia durante su noviciado.

Sor Antonia tras entrar en la Orden

Su vida transcurrió siempre en el servicio a los demás. Se levantaba a las cinco de la mañana (cuando no tenía guardia, pues entonces enlazaba la guardia con el servicio) y estaba todo el día en la sala de San Vicente, que era una sala dedicada a enfermedades infecciosas, en aquella época difícilmente controlable, y terminaba su jornada cerrando el depósito de cadáveres a la una de la mañana.

Se hizo cargo de todos los enfermos contagiosos del Hospital porque decían que “necesitaban mucho cariño”, así estuvo cuarenta años querida por todos. Cuando la época que conocemos como “de la polio”, en los años 50, fue tremendo, pues muchas familias de Don Benito, su pueblo, tuvieron con sus hijos grandes problemas: los hospitales estaban saturados de enfermos, y el problema era poder ingresarlos; mujer de temperamento y salero para conquistar a médicos, directores, empleados y hasta el portero del Hospital del Niño Jesús, lo hacía por su bondad y entrega por los demás, lograba los ingresos para los enfermos que llegaban. Fue gracioso, si se puede hablar de gracioso en una situación desesperada para muchos, tremenda. Cuando llegaban a la casa de la familia de Sor Antonia en Don Benito las madres y familias de enfermos desesperadas, la hermana y sobrina preparaban una cajita de perrunillas y mantecados, que ellas mismas hacían, y se la llevaban a Sor Antonia; esta cajita se mandaba al Director o Médico, y el ingreso era inmediato: era la contraseña que ellas tenían. El portero, si llegaban preguntando por Sor Antonia, enseguida los hacía pasar; era un buen hombre por el que también hizo todo lo que pudo. Nunca quiso nada para ella, todo para los demás.

Cuando las pobres madres no podían estar con sus hijos en Madrid y no tenían para pagar una llamada por teléfono, la sala grande de la casa de su hermana se llenaba de 15 o 20 personas; su hermana, con ese alma que tenían las dos hermanas, llamaba y decía: “Isabel, el niño de tal como está”, “la niña de fulana como está”, y así informaba Sor Antonia a su hermana como estaban los hijos de estas personas que con impaciencia esperaban una noticia de ellos; se marchaban contentas hasta el domingo siguiente. Si una madre o padre iba a Madrid para ver a su hijo, llevaban otra caja de perrunillas, y el portero les dejaba pasar a la hora que fuese; cuando un niño se encontraba muy enfermo las madres se quedaban en el hospital, cosa que no estaba permitido, pero ella siempre se valía de mañas para que esos niños estuviesen con sus madres cuando más lo precisaban.

Hizo también mucho por las jóvenes que tenían un hijo y se veían despreciadas por sus familias, quedándose solas. Las monjas tenían una “casita” donde estaban cuando mayores o enfermas, y al mismo tiempo acogían a las jóvenes madres y las enseñaban un oficio, como tejer alfombras preciosas.

Su carácter alegre y bonachón la hacía tener a su lado a todo el mundo. Detalles de su forma de ser y de conocer a “su gente” era que cuando alguien llegaba al Hospital con algún problema, le descubría por la conocida expresión de aparentillo muy de Don Benito, llamándole “calabazón”.

Sor Antonia con los dombenitenses Pepe Soto y su mujer, Cristina, que estaban recién casados

Los niveles de relación que tenía eran grandes y muchos e importantes nombres que conoció en la medicina de la época de los años 50 y 60, fueron Garrido Lestache, Gutiérrez Barneto, Arche, de la Quintana Fergusson, Ruiz de Azua, Tapia, Hinojar y muchos otros.

Es la única monja de dicha congregación cuya vida transcurrió íntegra en el Hospital, pues lo normal era que cuando se hacían mayores las llevaran a una casa de retiro que tenían las monjas.

Sor Antonia ya de mayor

Muy enferma, sin quejarse nunca (era diabética), la quisieron llevar a la “casita” de las monjas, pero no quiso irse del Hospital, decidiendo entonces instalarla en una habitación desde la cual se veía el Altar. Ella enfermó y la mantuvieron en el Hospital más de seis meses hasta su fallecimiento. El Hospital y la ayuda a los demás fueron su vida.

Falleció el día 9 de marzo de 1966, a los 77 años de edad, en el Hospital del Niño Jesús. Si en este mundo hay Santas, Sor Antonia es una de ellas; dio e hizo por todo el mundo lo que pudo, con humildad, cariño y desinterés.

Quisieron hacer una estatua de Sor Antonia, pero no llegó a realizarse.

Una anécdota que ocurrió en el año 1968 fue que, habiendo fallecido ya Sor Antonia y estando un sobrino suyo con su hijo en ese mismo año durante un mes en el Hospital, con una meningitis, un día se presentó un señor de unos sesenta años con un televisor que traía para Sor Antonia. Este hombre no sabía que había fallecido. Al final de la década de los 50 Sor Antonia había tenido en su sala a un niño de dicho señor con un problema de polio. El hombre en aquella fecha tenía una economía más bien débil y su gran ilusión era ser radiotécnico y lógicamente veía que en la sala de Sor Antonia no había televisión. Se hizo el propósito de obsequiarle uno a la monja.

Pues bien, este hombre una vez que se afianza, consigue hacerse radiotécnico y el primer televisor que el hombre monta se lo lleva a Sor Antonia.

José Antonio Gutiérrez Ortiz

FUENTES

– Datos facilitados por José Ruiz Sabido.

BIOGRAFIA PUBLICADA EN EL LIBRO “BIOGRAFIAS DOMBENITENSES II”