Luis Gómez Requena

No esperaba yo que D. José Antonio Gutiérrez Ortiz se acordara de mí para llevar entre líneas un cometido de tanta responsabilidad como éste; sin embargo, la propuesta que me hizo ya fue motivo suficiente para que esa invitación que me cogió de sorpresa, fuese aceptada sin reparar en ello, motivándome la obligación moral que me une al personaje, y a la que no podía hacer “oídos sordos” dada la calidad tanto humana como profesional del que, por méritos propios estaba llamado a engrosar la lista de hombres ilustres de nuestra Ciudad.

Sin dejarme llevar por el lado del sentimentalismo, el que a veces te traiciona, delatándote, quiero ceñirme al lugar que con todo merecimiento debe ocupar entre la gente de mi generación, el nombre de D. Luis Gómez Requena; gran matemático, dombenitense de adopción y padre de unos buenos amigos míos; y al que conocí después de mis primeros desfogues como niño pateando el barrio abstraído por el juego, hasta llegar al Colegio Corazón de María, ahora Colegio “Claret”.

Hijo de Niceto Gómez y Juliana Requena, nació el 20 de junio de 1911 en Utiel (Valencia), pueblo hortícola de tierras feraces y perteneciente al partido judicial de Requena, pasando años de niñez y adolescencia entre los suyos, hasta que, motivado por los estudios, se trasladó a Albacete, en cuya Universidad comenzó los Estudios Superiores, licenciándose en “Ciencias Químicas”, carrera que terminó con tan solo 22 años, lo que da muestras del nivel intelectual que poseía y la madurez de su personalidad. Sin embargo, aquellas buenas dotes de buen estudiante, disciplinado y responsable de su quehacer, le jugó una mala pasada, relajándose un año con los estudios, lo que le acarreó una buena cura de humildad por parte de su padre, el que acostumbrado a que sacara todos los cursos “en limpio”, con notas de Sobresaliente y Matrículas de Honor, aquel año se despistó, aprobando sólo una asignatura, y contrariando a su progenitor de tal guisa que, “como premio a sus desvelos con los libros”, le puso a trabajar con los albañiles para que se fuera espabilando.

Como quiera que su vocación no iba por los derroteros de hacerse un buen Maestro Pala en “La Universidad del Sudor y la Fatiga”, tomó buena nota al contrastar un oficio y otro, optando por el primero y dejando para mejor ocasión el segundo tras el toque de atención que le dieron e hincando los codos, recuperó en septiembre las asignaturas que le llevaron a saber lo que era el dignísimo oficio de la construcción.

Ya investido Profesor en “Ciencias Químicas”, en el Colegio Corazón de María solicitó a todas las Universidades los nombres de los Profesores que habían terminado ese año, siendo él el elegido entre los demás, aceptando la propuesta que dicho centro docente hizo.

Dispuesto a impartir las clases correspondientes a su Licenciatura y tras un largo e incómodo viaje, llega a Don Benito el 29 de septiembre (festividad de San Miguel, Arcángel), haciendo su presentación en el Colegio y asignándosele el cometido de dar clases de Matemáticas.

Por su condición de hombre culto y sencillo, no tardó en familiarizarse con la idiosincrasia del pueblo, enamorándose poco después de quien luego sería su esposa, Dª Dolores de Mera Sánchez, a la que conocería en un baile de la época y llevándola hasta el altar el 15 de diciembre de 1935.

Consolidada la ciudadanía dombenitense no solo por los dos años que llevaba ejerciendo su magisterio, sino por la unión con una mujer nativa, prepara el viaje al pueblo que le viera nacer por un motivo muy especial: que su familia conociera a su esposa, pues, a la boda, solo vinieron los padres de él. El citado viaje tuvo lugar al finalizar el curso escolar, lo que era de supones que sería allá por el mes de junio, ese mes de “la recogida de calabazas tempraneras” en el que el estudiante es el primero en recolectar haciendo acopio.

Si el viaje llevaba todos los visos de una estancia tranquila y feliz, éste se truncó, convirtiéndose en una pesadilla al cogerles allí la Guerra Civil, esa guerra fratricida que arruinó a nuestra querida nación. Año y medio estuvieron en Utiel, trasladándose el matrimonio pasado ese tiempo a Valencia capital y permaneciendo hasta que la fuerza de las armas de una parte hizo capitular al “vencido y desarmado ejército” de la otra, mostrando con esa misiva la atrocidad y el odio enconado de entre hermanos.

Durante ese periodo infernal, interminable y de nefasto recuerdo, nacieron sus dos hijas, Gloria e Isabel, regresando a Don Benito terminada la contienda de “las Dos Españas”, en la que todos perdimos, y quedando como fruto las heridas del alma, las que, pese al tiempo transcurrido, no han cicatrizado del todo.

Se instalan provisionalmente en casa de la madre de su esposa, para un año y medio después comprar una de las viviendas de la calle Arrabal, concretamente la número 4, aumentándose la familia con dos nuevos vástagos, Luis y Arturo; familia numerosa con la que compartió todos sus desvelos hasta el último día de su peregrinar por la Tierra.

Es curioso. En estos hombres que han aportado tanto a la sociedad, siempre hay algo que te llama la atención, sobre todo, porque, al haberle conocido de siempre, crees que sólo encuentras en él aquello que te interesa o te han comentado; tanto es así, que gracias a la entrevista que mantuve con su hija Isabel, ofreciéndose a facilitarme los datos que aporto, me he enterado de que “su fuerte” no era precisamente las Matemáticas, sino “las Ciencias Químicas”, lo que me sorprendió extraordinariamente del saber de quien fuera mi Profesor.

En el círculo estudiantil, D. Luis Requena (el primer apellido pasaba desapercibido) era conocido por el sobrenombre de “El Rosca”, ya que su asignatura, calificada como “la bestia negra” de las asignaturas, era la base en la que se apoyaban todas las demás, lo que hizo de él un profesor estricto que no admitía concesiones gratuitas a la hora de valorar el esfuerzo del alumno, llevándolo a la práctica con esa justicia y honradez que en todo momento le caracterizó.

Hombre de inquietudes, se hizo profesional de la fotografía, montando un estudio en su domicilio particular y dando muestras al cliente de su gran profesionalidad y seriedad, esas cualidades imprescindibles que se deben tener por parte de quien se precie de dar un servicio a quien se lo demanda.

Gómez Requena haciendo de fotógrafo. Fotografía de Alfredo Ara

Trabajador infatigable, simultaneó durante muchos años la fotografía con sus clases, las que daba tanto en el Colegio Corazón de María como en el Colegio del Santo Ángel y la Escuela de Artes y Oficios (después conocida como Escuela de Maestría Industrial), quedando esa huella de hombre justo y honesto hasta el día de su jubilación.

Se cubría su cabeza con una boina, lo que le daba un aire de seriedad propia de aquella época, en la que el trato a las personas mayores era muy a considerar.

Entre sus aficiones, sin contar con la de fumador empedernido, estaba la pintura al óleo, el ajedrez y el fútbol, siendo durante unos años directivo del Club Deportivo Don Benito.

Aunque jubilado, no por ello terminó su actividad, y por si le faltara “tocas otro palo”, hizo sus pinitos en la radio, donde los lunes, en el programa que emitía la Cadena Cope relacionado con los números de la Lotería Primitiva, él era el que estaba al frente pese a tener 88 años; lo que da idea de la lucidez de su mente y la seguridad en sí mismo, dejándolo dos años antes de su fallecimiento, el que tuvo lugar en Don Benito el 19 de noviembre de 2001, siendo sepultado junto a su esposa.

Descanse en paz el que fuera un buen hombre en todos los sentidos; y para los que tuvimos la suerte de conocerle y tratarle, nuestra gratitud.

Francisco García Núñez

BIOGRAFIA PUBLICADA EN EL LIBRO “BIOGRAFIAS DOMBENITENSES II”