Rosa López (Rvda. Madre Rosa del Santísimo)

Nació en Puentedeume (La Coruña) el 11 de mayo de 1875. Su nacimiento motivó la muerte de su madre.

Confiada al cuidado de unos tíos-padrinos, fue atendida y educada con interés y cariño. Inclinada a la música, cursó estudios de solfeo y piano, que tocaba con arte y gusto desde muy niña; luego, de joven, le sirvió para ayudar a su hermano sacerdote en el ministerio parroquial.

En su juventud sintió ya la inclinación a la vida de piedad, que sirvió de base para su temprana vocación religiosa. A fin de poder lograr su deseo de ser religiosa, precisó la inteligente y oportuna intervención de su tía, ingresando en el Convento de Carmelitas Descalzas de Don Benito el día 15 de agosto de 1900, vistiendo el hábito de la Orden con el nombre de Rosa del Santísimo.

Por su austeridad y penitencias quebró pronto su salud física, que recobró pronto con las atenciones que le proporcionaron en el Convento, y, con tan feliz resultado, que luego nunca más estuvo enferma.

Alegre por temperamento, conectaba con la alegría característica de las novicias del Carmelo, asimilando bien y pronto la espiritualidad de la Orden.

Asidua en el trabajo, era una hábil bordadora, cualidad que le sería muy útil cuando la exclaustración. Su arte musical lo consagró al culto divino, con la máxima maestría y delicadeza en canto y órgano, pues fue organista y directora de coro conventual.

A estas virtudes naturales sumaba y cultivaba la generosidad y fidelidad en cumplir siempre y en todo la voluntad del Señor; amaba con pasión a la Iglesia, guardaba con perfección el recogimiento y observancia regular, amaba y era amada por todas las religiosas.

Sufrió pruebas interiores, que le eran verdadero martirio, con admirable paciencia y conformidad. Mucho padeció también física y moralmente en la exclaustración del Convento y más durante el éxodo forzoso a que se vieron sometidas todas las religiosas, ya que fue Madre para ellas por enfermedad de la Madre Priora -y luego por su fallecimiento-, pues era Superiora de la Comunidad, procurando aliviar a todas en todo, trabajando para comer, atendiendo a las enfermas, proyectando la evasión, etc.

Los detalles de lo que sufrieron y el interés de la Madre Rosa, quedan registrados en la relación de la triste odisea que pasó la Comunidad de Don Benito (1936-1939).

Interior del Convento de Carmelitas Descalzas de Don Benito

18 de julio de 1936: una vigilancia exterior constante obligó a la Comunidad a una vida de catacumbas; cada día, al amanecer, las religiosas recibían la presencia del sacerdote, el consuelo de la Eucaristía y la fuerza del Sacramento.

El 24 de julio sumaron a la Comunidad Carmelita ocho religiosas más del Santo Ángel; luego añadirían religiosos claretianos y la suma de personas acrecentaba la fuerza de las religiosas.

Un registro minucioso en la Casa motivó la intrepidez de una monja, que, con habilidad y precisión de tiempo, evitó la profanación del Santísimo, que estaba depositado en un copón en la ventanilla del comulgatorio para poder recibir al Señor cada día, lo que constituía “toda nuestra entereza”.

No por esperada fue menos triste la orden de desalojo y abandono del Convento; fue el día 19 de agosto de 1936. A los interrogantes de las religiosas, ¿dónde ir?, ¿qué llevar?, etc… se les respondía con evasiones lacerantes; ni los breviarios de rezo pudieron llevarse, sólo un pequeño misal, provisión singular para una inevitable y próxima “peregrinación”.

Las religiosas fueron acogidas de inmediato en dos casas cerca del Convento, con el segundo piso sólo para las monjas; no escasearon ofrecimientos de otras, “nunca olvidaremos la caridad de las dueñas de las casas”. Sucedieron interrogatorios irónicos, molestos, a los que con la luz y fuerza “que nos daba el Señor” respondían siempre las religiosas lo conveniente, la verdad.

Inspecciones, requisas al Convento; todo se lo entregaron las monjas, poniéndose en manos de la Providencia divina. Su presencia no era ya grata en la población y se dio la orden de partida en breve, con el lacónico documento que decía “14 religiosas expulsadas”, que habían de presentar a su llegada a Madrid.

“Salimos de Don Benito el día 23 de julio de 1936, por la noche, a las nueve, a la misma hora del rezo de maitines y de la misma perta de la Iglesia…”.

El viaje se hizo en tren, largo, de noche, en pleno agosto y en compañía no grata. A las dos de la tarde del día siguiente, 24 de julio, llegó el convoy a Madrid: registros personales, despojo de útiles necesarios; salieron de la estación y una separación por grupos se imponía: seis religiosas, por una parte, en busca de una casa amiga, a la que no pudieron llegar; horizonte cerrado que se despejó gracias a la providencial intervención de un joven que les sirvió de guía hacia donde se facilitó a las religiosas algunos servicios oportunos. Luego el encuentro con otras religiosas que “nos acompañaron hasta el lugar en que nos situaron…”.

Otro grupo de ocho religiosas, que estaban con la Madre Priora, tomaron rumbo distinto, pleno de adversidades y peligros. En este ir y venir, dice la relación, “nos acordábamos del ir y venir del Señor por las calles de Jerusalén”. Este grupo halló también la providencia “en el encuentro con dos señoras amable que nos dieron orientación”; era conveniente separar este grupo, pues así no se podía continuar. Dos Hermanas fueron trasladadas al Consulado Mexicano, una halló en él protección; otra se fue a casa de una amiga, que procuró en su favor la protección del Consulado de Uruguay.

La Madre Priora con sus religiosas mucho tuvieron que sufrir. La Madre andaba con mucha dificultad; llegaron al Convento de Capuchinas con la Madre desfallecida, enferma: el médico la ingresó en la enfermería, siendo bien atendida, y mejoró un poco.

Convento de Nuestra Señora de la Asunción de las Monjas Capuchinas en Pinto (Madrid)

¿Hasta dónde llegará la resistencia física de las religiosas? En situaciones apuradas, las monjas renovaban su profesión ante la Madre, que le daba su bendición. Prolijo sería referir estas apuradas situaciones.

La valentía de las religiosas y la Providencia divina, que siempre se hizo sentir, hicieron superar todo lo adverso de este éxodo forzoso. En cierta ocasión se hizo más palpable esta providencia; en el lugar de la reclusión, tuvieron una gracia especial a su favor; fue el 14 de octubre de 1936: las Hermanas Hospitalarias tenían consigo el Santísimo y compartieron este día la comunión con las Carmelitas, y tuvieron la delicadeza de reservarle para el día siguiente, solamente para las Carmelitas Descalzas, por ser el día 15 la fiesta de su Santa Madre Teresa de Jesús. Gracia que jamás olvidarán las Hijas de tan agradecida Madre.

La familia de una Hermana pudo liberarla el 21 de enero de 1937; la separación dolorosa era muy conveniente, y así lo disponía el Señor, para que luego esta Hermana, desde fuera trabajara infatigablemente por la libertad de las demás religiosas.

El tono espiritual de las monjas era fuerte, careciendo siempre de casi todo lo material más elemental; abundaba en ellas la paz interior, la fraternidad y hasta la alegría en el sufrir; sin duda que el dolor en común fraterniza, fortalece y dignifica.

Se iba haciendo algo de luz en la oscuridad. Con los traslados fueron mejorando su situación; de una u otra parte les llegaban alguna ayuda material y, como dice la relación, que “la verdad y la virtud acaban por convencer”, hasta lograron la simpatía y admiración de muchos; ciertos detalles así lo expresan, pues las Carmelitas se permitieron pequeños y oportunos apostolados espirituales: con nudos en cordeles se hacían cuentas de rosario, que eran muy solicitados. En Navidad se ingeniaron para confeccionar un Niño Jesús de trapo, curioso y gracioso, que promovía desfiles de personal para adorarlo en Pascuas y Reyes, y hasta los mismos oficiales de prisión formaban en el cortejo de adoración al Niño.

En el Refugio hicieron las Carmelitas campo de trabajo: costura, planchado, labores, con lo que mejoró su cuidado; incluso, y ello es más interesante, establecieron cierto ritmo espiritual a su vida: oración, rezo en común y hasta los domingos se cantaba la misa de “Angelis”, presidida por sacerdotes ignotos, cuya presencia ministerial se hacía cada vez más valiente y continuada.

Dos Hermanas pudieron hacer su profesión el 18 de agosto de 1937; con este motivo ocurrió la anécdota siguiente: el acto de profesión tendría lugar en el piso tercero de la casa; esperaban las Carmelitas la llegada del sacerdote comprometido para presidir la Eucaristía; llamó equivocadamente en el piso segundo, en el que también esperaban sacerdote, y celebró allí, extrañado de que nada le dijeran de la profesión proyectada… y las Carmelitas se quedaron sin misa y sin sacerdote para la ceremonia. Hicieron las profesas su consagración definitiva al Señor en manos de la Superiora, quien dedicó a las profesas palabras fervorosas.

Enfermó gravemente una Hermana joven; prueba de valor de la Hermana enferma y contrariedad compartida; gracias a los cuidados de las demás y la atención médica, mejoró y pronto sanó.

A los pocos días, el 28 de enero de 1937, falleció la Madre Priora; 75 años de edad, gastada por los sufrimientos, abrumada por su responsabilidad, su cuerpo no aguantó más y, llena de paz, se durmió en el Señor; pena inmensa para todas.

La turbación se hacía sosiego, la adversidad se veía y acepaba con serenidad; los traslados mejoraban la situación de las religiosas y personas interesadas gestionaban su libertad, que en fechas diferentes fueron recuperando y, luego, en diferentes fechas, llegaron al Convento de Medina del Campo.

Siguieron las gestiones obligadas para el traslado de las religiosas a través de la Cruz Roja Internacional. Quienes habían sido liberadas reclamaban a las demás -requisito necesario- y la Cruz Roja gratuita y generosamente hacía los trámites necesarios. En estas gestiones se dio la anécdota siguiente: la Cruz roja precisaba la cooperación de todos; a este fin fijó un anuncio-reclamo que decía: “Se admiten donativos”. Las Carmelitas, generosas como su Madre Santa Teresa, echaron en la alcancía cuanto llevaban, cantidad menguada sería, pues muy poco tenían, y al día siguiente observaron que el anuncio precisaba: “No se admiten donativos de menos de 100 pesetas”, lo que causó hilaridad en las religiosas, que no pudieron dar más, porque ya nada tenían en su poder.

Durante este tiempo de gestión conocieron las Carmelitas a las Hermanitas de los Pobres -calle María de Molina- que, dándose cuenta de la penuria de las Hijas de Santa Teresa, ls prepararon una buena merienda para el viaje que las monjas iniciaron, provistas de pasaporte, el día 5 de octubre de 1937, muy de mañana, en autobús en dirección a Valencia y Barcelona, a fin de regresar a España, vía Hendaya por ferrocarril, hasta Medina del Campo. Llegaron el día 10 de octubre de 1937.

Al pasar las Carmelitas por Lourdes, asomadas a las ventanillas del tren, cantaron con inmensa emoción la Salve a la Virgen, detalle que gratamente recuerdan y que fue el canto de acción de gracias a su Madre, Reina y Emperadora, la Santísima Virgen María.

En Medina del Campo hallaron a las otras Hermanas que anteriormente habían llegado en mayo y junio de 1937, y el encuentro tuvo la emoción que cabe suponer. La Comunidad medinense y madre de la fundación de Don Benito, acogió, trató y mimó a las religiosas que, después de cinco días de viaje, precisaban mucho del cuidado y cariño de sus Hermanas.

“La Comunidad se volcó con sus Hermanas, prodigándoles toda clase de atenciones y cariño, ganándose nuestro reconocimiento y eterno agradecimiento a todos sus desvelos”.

Aquí, en el Carmelo de Medina, en el que también estaban acogidas cinco Carmelitas Descalzas de Baeza, hicieron tres Hermanas de Don Benito su profesión solemne el 4 de marzo de 1938, siendo Presidenta la Madre Rosa del Santísimo.

Monasterio de San José de las Madres Carmelitas Descalzas Medinenses

La Madre Rosa, con otras dos religiosas, fueron las que regresaron las primeras a su Convento de Don Benito, desde Medina del Campo, en 1938; mucho trabajó en limpiar y arreglar la casa, que había quedado inhabitable. En noviembre de 1939 fue aliviada del cargo de Priora de la Comunidad, pero no de trabajar con inteligencia y constancia en bien de las religiosas, de las que solía decir: “Son unas santas”.

Quebrada por los años y más por su esfuerzo en el trabajo, soportó y encajó resignadamente la renuncia obligada de la vida regular de observancia y los achaques que no le escasearon en los últimos años de su vida, que fue siempre de mucha ejemplaridad para todos.

La Madre Rosa murió de generosa donación al Señor el 20 de marzo de 1970, en Don Benito. Sin duda que los ángeles la esperaban tocando música del cielo y cantando las misericordias del Señor.

FUENTES:

Un siglo de historia de un Carmelo, 1883-1983. Primer centenario de la fundación del Convento de Carmelitas Descalzas de Don Benito (Badajoz), Carmelitas Descalzas de Don Benito, Gráficas A. Martín, S.A. (Valladolid), 1983.