Sebastián Zambrana de Villalobos

Nace en Mérida en el año 1593, siendo hijo del matrimonio formado por Fernando Zambrana de Villalobos, natural de Don Benito, y Leonor Gómez Cordero, natural de Mérida; distinguida familia que consiguió poder e influencia al participar junto a la monarquía española en las sucesivas campañas de reconquista que se iniciaron en el siglo XI.

Tuvo dos hermanos llamados Beatriz de Villalobos y Diego Zambrana de Villalobos, este segundo Comisario del Santo Oficio de Llerena y Obispo de la Concepción de Chile.

Fue nieto por parte paterna de Sebastián Zambrana de Villalobos y de Teresa Mata Maldonado, residentes en Don Benito; y por parte materna de Cristóbal Ximénez Cordero, Familiar del Santo Oficio, y de Beatriz Gómez.

En cuanto a su abuelo paterno, éste era bisnieto de Juan Rodríguez de Villalobos, Comendador de la Oliva, de la Orden de Santiago, sobrino éste de Fernán Rodríguez de Villalobos, Maestre de la Orden de Alcántara y de la Casa del Marqués de Astorga, fallecido en 1408 y que era hijo natural de Juan Rodríguez de Villalobos, ricohombre y Señor de Matamorisca, Poyos, Soto, Mataporquera y otros muchos lugares de Bebetrias.

Con respecto a sus años de formación, no existe ninguna noticia al respecto.

“El Consejo de Castilla”, de Alejandro Carnicero. 1753-1761. Mármol, 85 x 124 cm. Museo del Prado de Madrid. No expuesto

Comenzó su carrera en la Administración el 29 de agosto de 1609, como Abogado en el Consejo de Castilla, donde se ocupó de gestionar asuntos relacionados con aguas y bosques. Su brillante actuación en este cargo le valió la promoción a Oidor de la Audiencia de Charcas, en Perú, el 21 de marzo de 1612, ciudad a la que llegó en ese mismo año, así como un buen número de bienes, por merced real, en el pueblo del Espadañal.

Casa de la Libertad, edificio de la antigua Audiencia de Charcas, en Perú

Personaje influyente en la primera mitad del siglo XVII charqueño, Sebastián Zambrana de Villalobos casó con María de Lara y Manjarés[1], natural de Mérida, con quien tuvo a Cristóbal Zambrana de Villalobos[2], Caballero de la Orden de Calatrava; a Sebastián Zambrana de Villalobos [3], Caballero de la Orden de Santiago; a Antonio de Villalobos, Caballero de la Orden de Alcántara que por actos positivos se le despachó en 26 de marzo de 1638; a  Diego de Villalobos[4], monje dominico; y a Bernardina (Beatriz) de Lara, que casó con Luis de Vargas Carvajal y Sotomayor, teniendo el matrimonio cinco hijos.

El gobierno metropolitano pretendió mantener a los magistrados indianos alejados de los intereses de los grupos sociales americanos, buscando la solo identificación de sus oficiales reales con la monarquía. Para la corona castellana, “en Indias tenía además por objeto evitar las irrompibles vinculaciones que nacían allí del parentesco de afinidad, contribuyendo tanto a la imparcialidad del juez como a su representación erga omnes”.

Sin embargo, la corona fracasó en el intento por aislar a los letrados de la sociedad circundante y desde muy temprano se dieron casos de uniones matrimoniales entre magistrados y miembros de la comunidad local.

La disposición regia contra los casamientos de oidores con habitantes del distrito data del año 1575. La ley fue sancionada debido a las consecuencias negativas que tuvo la vinculación de los letrados con familias poderosas de la jurisdicción en que ejercían su oficio. Rápidamente los oidores de varias Audiencias americanas alzaron su descontento ante la reglamentación real. El licenciado Juan de Matienzo, oidor decano de la Audiencia de Charcas, en una extensa carta al rey intentaba justificar la unión matrimonial de los hijos de los letrados con familias del distrito audiencial alegando que:

“es más provechoso que tengamos raíces en esta tierra para que la amemos más y amándola volvamos por ella mejor que otros que no la aman ni piensan permanecer ellos ni sus deudos en ella.”

Huelga decir que la respuesta desde Madrid fue negativa, y que, al mismo tiempo, muchos oidores hicieron oídos sordos a la denegación regia. Varias argucias se realizaron para escapar a la normativa y poder contraer nupcias pese a la prohibición. Muchas veces los virreyes dispusieron sanciones contra los magistrados, mientras que otras disimularon la ilegalidad.

La vinculación que se lograba al vulnerar la controvertida prohibición era sumamente beneficiosa para ambas partes. Para las damas criollas, y sus familias, significaba elevar el status social y las relaciones políticas y económicas al pertenecer al círculo más influyente de oficiales reales. Para los jueces significaba incrementar su red de relaciones, su grupo de parientes directos y sus fortunas personales a nivel local.

En la ciudad de la Plata, durante el frío invierno de 1619, se desarrolló un suceso que varios testigos presenciales consideraron sospechoso. A fin de consolidar su posición social, el letrado casó a su vástago Cristóbal con una destacada doncella de la jurisdicción. Dos caballeros muy bien ataviados y montados sobre sus corceles abandonaban la urbe. Cabalgaban plácidamente mientras platicaban en voz baja y serena. Uno de ellos fue rápidamente reconocido: era el licenciado Zambrana de Villalobos, oidor de la Audiencia. Se dirigían hacia el camino que conducía a la ciudad de Arequipa sin prisa alguna. Quien acompañaba al magistrado era don Luis de Peralta, conocido también por varios residentes ya que era el hermano mayor de don Alonso de Peralta, fallecido primer arzobispo de la Plata.

Don Alonso de Regodón y Calderón, natural y vecino de la ciudad castellana de Trujillo, fue uno de los primeros y prominentes vecinos de la villa imperial de Potosí y poseedor de un gran ingenio de agua entre otras inversiones locales, teniendo cinco hijos legítimos con Ana Calderón de Robles. Para posicionar a sus hijas legítimas, Alonso entabló fluidas negociaciones matrimoniales con el Arzobispo de la Plata, Alonso de Peralta.

Ambos ensambladores familiares fallecieron en 1615, y, a partir de ese año, la decisión de casar a la última hija legítima de los Regodón, Ana Regodón Calderón, quedó en manos de sus parientes políticos. La viuda, Ana Calderón de Robles, se trasladó a la ciudad de Arequipa con la joven doncella para vivir junto a su yerno Diego Buitrón y su hija Teresa. El nuevo componedor nupcial fue don Luis de Peralta, quién estudió muy detenidamente los posibles candidatos para su cuñada, estando muy al tanto de que el hijo del Oidor Sebastián Zambrana de Villalobos estaba soltero y era una de las opciones más deseables. Luis conocía muy bien la prohibición que recaía sobre los magistrados, ya que su hermano ejercía dicho oficio en la Audiencia de Quito. Por el alegato que en su defensa escribió el magistrado Zambrana de Villalobos, es posible inferir que las estrategias discursivas y legales fueron pensadas con bastante tiempo y por más de un letrado. Claramente la opción de Luis de Peralta no era para despreciar.

La estrategia que había considerado el Oidor Zambrana de Villalobos para sortear la restricción de casar a su hijo con una dama de la jurisdicción parecía cuidadosamente planeada.

En el alegato escrito por el Licenciado Zambrana de Villalobos, se da cuenta que Cristóbal, hijo del susodicho Oidor, estaba estudiando en Lima cuando, en un determinado momento del año de 1617, debió huir de la ciudad capital virreinal por una grave pelea que tuvo con otros dos colegiales que intentaron asesinarle. Convenientemente, el joven Cristóbal eligió para volver a la casa paterna el camino que conducía por la ciudad de Arequipa. Al llegar allí, y debido a sus graves heridas, pidió asilo en la casa de Diego Buitrón, para curarse y retomar posteriormente su viaje. Durante los días que estuvo convaleciente Cristóbal, se concertó el enlace matrimonial entre la joven doncella y el novel hijo del ministro charqueño. Al parecer, el magistrado Zambrana no estuvo de acuerdo con la unión en un primer momento, pero rápidamente ambas familias argumentaron que la ciudad de Arequipa no estaba dentro de la jurisdicción de Charcas. De esta manera no se vulneraba la reglamentación prohibitiva, casándose Cristóbal y Ana el 17 de enero de 1618. Después de nueve meses, la reciente pareja, junto a su suegra, retornaron a las haciendas familiares de Guaicoma (Chayanta), en la jurisdicción de Charcas. En ese momento, y por orden del Virrey del Perú, el Presidente de la Audiencia local comenzó una investigación sumaria sobre el casamiento de los jóvenes en cuestión.

Tras interrogar a una docena de testigos, el Presidente del Tribunal envió al Virrey todas las informaciones recabadas y, este último, hizo un traslado de las mismas al Consejo de Indias. Pasados unos meses, el Fiscal del Consejo redactó tres cargos hacia el Oidor Zambrana de Villalobos, y le aplicó la suspensión debida de su oficio hasta que se resolviera el litigio. El Fiscal acusó al togado charqueño de haber hecho “trato y concierto, estando en el distrito la dicha doña Ana, antes de yrse a vivir a la dicha ciudad de Arequipa”. Además, el magistrado Zambrana de Villalobos había enviado al Virrey del Perú dos cartas para informar del casamiento sabiendo que estaba “expresamente prohibido en la cédula”. Por último, al poseer la dicha Ana sus propiedades en la jurisdicción charqueña, se sobreentendía que era natural del distrito, aunque se hubiera casado fuera de él. Esta acusación llevó al Oidor Zambrana de Villalobos a retornar a la Península y escribir un extenso alegato para defenderse y pedir la restitución de su plaza de magistrado en el Tribunal de Charcas.

El alegato que escribió Sebastián fue dividido en tres grandes apartados, cada uno rebatiendo los cargos del Fiscal del Real y Supremo Consejo de Indias. La defensa se centró en un profundo conocimiento del Derecho Común europeo y en las opiniones de los doctores, sin olvidar de citar las leyes reales respectivas. Es una impecable pieza que demuestra la sabiduría y la fina argumentación jurídica que desplegó el Oidor Zambrana de Villalobos, demostrando sobre todo la pluralidad de órdenes normativos que estaban vigentes por aquellos años.

Palacio de Uceda en Madrid, sede del Consejo de Indias

No cabe duda que se habían extremado todas las precauciones legales, hasta las mismas cartas y los contenidos de ellas estaban pensados en detalle para que no fueran objetadas ni incurrieran en interdicción. La alianza matrimonial, además de una unión de intereses, puso en el tapete la teatralización típica del Antiguo Régimen. Un ejercicio ritual en el que la justicia y sus oficiales mayores resultaban los protagonistas del gran teatro de la evaluación, en el que el drama se desenvolvía por senderos sinuosos pero conocidos.

Todos los cargos que se le habían adjudicado al Licenciado Zambrana fueron rebatidos por él mismo en su extenso alegato. Desplegó un sinnúmero de citas de autores, doctores, tradiciones, excepciones y un preciso conocimiento del Derecho Común, que ejemplifica ese orden normativo plural tan finamente construido entre fines de la Edad Media y la Edad Moderna. Una pieza clave que nos ilustra también el exquisito conocimiento que tenían los egresados en leyes de las universidades castellanas.

El extenso alegato que escribió el licenciado Sebastián Zambrana de Villalobos en su defensa demostró al Consejo de Indias la habilidad argumental de un destacado jurista, pero al mismo tiempo dejó en evidencia las estrategias que se habían utilizado para evadir la prohibición real que imposibilitaba el casamiento de los oidores, o sus hijos, con personas del distrito audiencial en donde se cumplían los oficios.

El paradigma de justicia que se estableció durante el Antiguo Régimen tenía en su centro a los magistrados, por ser aquella una justicia de jueces como estableció tan bien la nueva Historia Crítica del Derecho. De allí la importancia de un recto comportamiento de los oidores, ya que “la justicia no residía en el Derecho, sino que nacía del juez”. Al representar las Audiencias y Chancillerías al monarca ausente, se estableció sobre ellas un estricto control a fin de salvaguardar el buen gobierno y la recta justicia.

Pero, al mismo tiempo, la Monarquía Católica castellana debió llevar adelante la tolerancia y la disimulación como formas legítimas de sostener un sistema que buscaba equilibrar antes que derribar los consensos estipulados por la tradición. No obstante, cuando los casos de incumplimiento a las prohibiciones reales eran muy evidentes, ni el Consejo de Indias ni el Rey debían dejar pasar la oportunidad de sancionar a sus ministros. Fue por ello que el Licenciado Zambrana de Villalobos perdió su plaza de Oidor en la Audiencia de Charcas, para que su ejemplo sirviera para mantener en el buen obrar a los restantes oidores en cualquier parte del extenso imperio español.

Sin embargo, y gracias a los aceitados contactos que en la Corte tenía y a la preeminencia de su familia, años más tarde, el Zambrana de Villalobos logró recuperar su “honor y confianza”. Al parecer, el esfuerzo puesto en aquel inicial alegato que le costó su oficio de Oidor, y pareció no serle fructífero en un primer momento, le terminó abriendo las puertas a una provechosa carrera en los más altos puestos de la Monarquía Católica. Esta vuelta al ruedo del letrado Zambrana “más que un síntoma de deslealtad hacia el monarca o una manifestación de la corrupción general de la sociedad colonial […] deberían verse como característicos de una sociedad que era muy diferente a la nuestra, en la que las instituciones no estaban completamente objetivadas y en la que los mecanismos simbólicos de dominación creados por medio de relaciones interpersonales eran mucho más importantes”.

El ejemplo del Licenciado Sebastián Zambrana de Villalobos, intentó poner de manifiesto los intersticios por donde discurrieron los canales formales e informales del accionar de un prominente magistrado de las Indias.

Edificio de la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid

De regreso a España, ocupó un puesto de Oidor en la Chancillería de Valladolid desde el 4 de noviembre de 1626. A partir de este momento, su carrera fue meteórica y ocupó diferentes cargos en los distintos consejos: Fiscal del Consejo y Contaduría Mayor de Hacienda, el 15 de febrero de 1629; Fiscal del Consejo de Castilla, el 18 de octubre de 1629; Consejero del Consejo de las Órdenes Militares, el 25 de febrero de 1633 -en el que ocupó la plaza de Fernando Pizarro Orellana, promovido al Consejo de Castilla-; y, finalmente, Consejero del Consejo Real de Castilla el 26 de septiembre de 1638, cargo que juró dos días después de ser nombrado.

Divisas (cruces) de las Órdenes militares españolas

Para Moreno de Vargas el magistrado Zambrana fue “digno destos puestos, y otros mayores por la gran capacidad, y muchas letras que tiene”. Sería nombrado Caballero de la Orden de Calatrava en el año 1633.

Fallecida María de Lara muchos años antes que su marido, éste contrajo en 1633 segundas nupcias con Juana Enríquez de Terán, natural de Carrión de los Condes e hija de Juan Enríquez de Terán y Cisneros, Señor de Campo Redondo (tierra de Álava), y de Carolina de Santoyo.

Tras el repentino fallecimiento de su segunda esposa, Sebastián volvió a casar en el año 1634, en terceras nupcias, con Antonia de Prado y Castilla, natural de Madrid, que le sobrevivió. Esta señora era hija de Melchor de Prado Mármol y Figueroa, Patrón del Convento de la Concepción de Ciudad Real, y de Águeda de Castilla y Aponte. Al enviudar de su esposo, Antonia contrajo segundas nupcias con Conrado Spinola, Caballero de la Orden de Santiago.

Falleció en Madrid el día 4 de enero de 1642, a los 49 años de edad.

FUENTES:

-RODRÍGUEZ GORDILLO, Eduardo (1916): Apuntes históricos de la Villa de Medellín (Provincia de Badajoz).

-DE SALAZAR Y CASTRO, Luis (1697): Historia Genealógica de la Casa de Lara, Tomo III.

-ANGELI, Sergio (2017): “ni era necesario auer escrito tan largo en derecho”: Argumentación jurídica del oidor Sebastián Zambrana de Villalobos para casar a su hijo en la jurisdicción de la Audiencia de Charcas, siglo XVII, en Prohistoria, año XX, núm. 27, junio, Prohistoria Ediciones (https://www.redalyc.org/jatsRepo/3801/380152185003/html/index.html).

-LLOBELL CARSÍ, Carmen: “Zambrana de Villalobos, Sebastián” en Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia.


[1] Hija de Cristóbal de Lara Manjarés y de María González Galdeano.

[2] Cristóbal Zambrana de Villalobos y Lara fue Familiar del Santo Oficio y Caballero de la Orden de Calatrava, que se le despachó por actos positivos el año 1640, y fue a quien su padre, por escritura de 26 de enero de 1622, usando del poder, que para esto le dio María de Lara, su difunta mujer, mejoró en el tercio y quinto de los bienes de ambos. Contrajo matrimonio el 7 de enero de 1618 con Ana Regodón Calderón, hija de Alonso Regodón Calderón y Ana Calderón de Robles, vecinos de la Villa Imperial de Potosí (Perú).

[3] Nacido en Mérida, fue Caballero de la Orden de Santiago desde 1638 y Familiar del Santo Oficio de la Inquisición de Llerena. Contrajo matrimonio con Josefa de las Casas Fernández, nacida de Trujillo y fallecida en Madrid el 19 de abril de 1702, con quien tuvo una hija.

[4] Diego Zambrana tomó el Hábito de Santo Domingo en el insigne Monasterio de San Esteban de Salamanca, que tiene estatuto de limpieza confirmado por la Sede Apostólica, y después fue Colegial de San Gregorio de Valladolid.